Lenguaje capacitista: qué es y por qué deberíamos dejar de usarlo

Lenguaje capacitista: qué es y por qué deberíamos dejar de usarlo

En muchas ocasiones usamos el lenguaje sin cuestionarlo demasiado. Lo heredamos, lo repetimos, lo transformamos a medias. En él caben  la belleza y la violencia, la precisión y el descuido. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar hasta qué punto condiciona la forma en que miramos a los demás.

Hay palabras que sobreviven más tiempo del que deberían. Se han instalado en lo cotidiano con una naturalidad difícil de desmontar. Se pronuncian de manera automática, en ocasiones como una broma. Pero en ese gesto se arrastra una idea: la de que ciertas vidas pueden reducirse a un atajo, a una caricatura, a un significado simplificado. Ahí es donde el lenguaje deja de ser inocente.

Cada cultura posee su propio vocabulario de exclusión. En los países angloparlantes se utiliza el término «retarded» (a menudo denominado «R-word» para evitar pronunciarlo). En Italia, palabras como «ritardato» o «mongoloide» tienen un estigma similar, al igual que el uso peyorativo de «retardé» y «débile» en francés, o «retrasado» y «mongólico» en español.

Cártel de la campaña JUST EVOLVE, de CoorDown.

A pesar de las diferencias lingüísticas, el patrón es el mismo. Estas palabras nunca son neutrales ni inofensivas; no son «solo bromas». Generan un daño real a las personas con síndrome de Down y, en general, a todas las personas con discapacidad.

Con motivo del 21 de marzo de 2026, CoorDown lanza la campaña internacional JUST EVOLVE. La iniciativa invita a dar un paso cultural: dejar atrás las palabras relacionadas con la discapacidad que se utilizan para insultar, ridiculizar o degradar. Es una llamada a la acción dirigida a personas, centros educativos, organizaciones, empresas, instituciones y medios de comunicación para evolucionar el lenguaje y generar un cambio significativo en todas las comunidades. Porque elegir un lenguaje más inclusivo no es solo una cuestión de cortesía: es un acto que contribuye a construir un mundo más justo, en el que todas las personas sean reconocidas con dignidad y respeto.

El recorrido que plantea la campaña introduce una idea tan sencilla como incómoda: si hemos sido capaces de abandonar prácticas del pasado que hoy nos resultan absurdas o incluso crueles, ¿por qué seguimos aferrándonos a palabras que también lo son? Hubo un tiempo en que lavar la ropa con orina, fabricar cejas con pelo de ratón o vender a una persona en un mercado formaban parte de la normalidad. Hoy, esas imágenes nos incomodan porque evidencian hasta qué punto la cultura puede naturalizar lo inaceptable. El lenguaje, sin embargo, parece resistirse a ese mismo proceso de revisión.

Muchas de las palabras que hoy se utilizan como insultos vinculados a la discapacidad no nacieron con esa intención. Términos como «retraso mental» o «mongolismo» surgieron en los siglos XIX y XX en contextos médicos y fueron, en su momento, considerados aceptables. Con el tiempo, se trasladaron al lenguaje cotidiano, donde comenzaron a emplearse para ridiculizar, degradar y deshumanizar, convirtiéndose en herramientas de exclusión.

Durante décadas, las campañas de sensibilización han tratado de reducir o eliminar su uso. Aunque parecía que el cambio era posible, actualmente se observa un preocupante repunte. Personas con posiciones de poder e influencia -incluidos políticos, directivos, podcasters, humoristas o influencers-han vuelto a utilizar estos términos, a menudo amparándose en el humor o en la «libertad de expresión». Solo en noviembre de 2025, su uso en la red social X aumentó un 200 % (datos de Montclair State University).

Esta visibilidad contribuye a legitimar su uso en todos los ámbitos: en la escuela como insulto, en el trabajo como broma, en el deporte como sinónimo de fracaso.

Existe la creencia de que el problema solo aparece cuando estas palabras se dirigen a una persona con discapacidad. No es así: el daño no depende del destinatario. Cuando la discapacidad se utiliza como metáfora de debilidad o fracaso, se refuerza la idea de que se trata de algo inferior o ridiculizable. Esto resulta dañino y deshumanizador, ya que perpetúa los estereotipos y prejuicios a los que estas personas se enfrentan a diario. Y el daño no es individual, sino colectivo: no se trata solo de cómo se siente quien lo escucha, sino del impacto cultural que genera.

En ese contexto, el 21 de marzo adquiere un significado particular. El Día Mundial del Síndrome de Down, reconocido oficialmente por Naciones Unidas, no solo busca visibilizar una condición genética concreta -la trisomía 21, caracterizada por la presencia de un cromosoma extra en el par 21-, sino también abrir una conversación más amplia sobre inclusión, respeto y representación. La elección de la fecha (21/3) responde precisamente a esa singularidad biológica, convertida aquí en símbolo.

Fotograma del cortometraje JUST EVOLVE.

En 2026, además, el foco se sitúa en la soledad. Una realidad estructural que afecta de manera directa a la salud física y mental de muchas personas con síndrome de Down. Una soledad que no aparece de forma espontánea, sino que se construye también desde fuera, desde la manera en que la sociedad nombra, interpreta y, en última instancia, sitúa a quienes considera diferentes.

Por eso CoorDown, en colaboración con la agencia neoyorquina SMALL y con el apoyo de múltiples organizaciones internacionales, aborda la campaña JUST EVOLVE como una invitación colectiva a revisar hábitos profundamente arraigados. Desde la conciencia de que el lenguaje evoluciona, y que ese proceso implica decidir qué se queda y qué se deja atrás.

Ser conscientes del poder de las palabras. Que cada una de ellas contribuye a dibujar el marco en el que nos relacionamos. Y que, si algo define a una sociedad que avanza, no es solo lo que incorpora, sino también lo que es capaz de abandonar a tiempo.

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