Pedir ayuda cuando el mundo no se detiene: salud mental y barreras

Pedir ayuda cuando el mundo no se detiene: salud mental y barreras

Una de cada cuatro personas tendrá un problema de salud mental a lo largo de su vida. Y, en muchos casos, lo vivirá en silencio. ¿Qué es lo que nos sigue frenando a la hora de pedir ayuda? No es solo un miedo interno; es que, a menudo, el mundo no ofrece un lugar donde aterrizar. 

Hay un pensamiento que muchos conocemos por dentro, aunque casi nunca lo digamos en voz alta: sé que no estoy bien. Que hace semanas, quizá meses, que la vida me pesa. Pero nos convencemos de que ya pasará, y seguimos… Un sentimiento que esconde una de las paradojas más extendidas de nuestra época: vivimos en el momento de la historia en que más se habla de salud mental, y al mismo tiempo, la mayoría de quienes la sufren siguen sin recibir ayuda.

La Organización Mundial de la Salud calcula que el 15% de la población mundial convive hoy con algún problema de salud mental. En España, las cifras se agudizan: aproximadamente un 35% de la población presenta alguna forma de malestar psicológico. Y entre los jóvenes de 15 a 29 años, casi uno de cada dos reconoce haber atravesado ya algún episodio de este tipo.

Fotograma de la película Cinco lobitos.

Estas cifras, a primera vista, pueden impactarnos y crear alarma. Pero leídas de otra manera, también son una señal de algo positivo: cada vez más personas son capaces de identificar lo que les ocurre y de nombrarlo. El verdadero obstáculo aparece después: cuando, incluso reconociéndolo, algo nos frena.

Seguimos viviendo como si las emociones fueran un lujo o una debilidad. Como si el cuerpo pudiera romperse, pero la mente debiera aguantar siempre.

Nadie dudaría en acudir a un médico especialista si se rompiera una pierna. Nadie sentiría vergüenza al decir que tiene fiebre alta o que siente un dolor agudo en el pecho. Sin embargo, decir «tengo ansiedad o empecé terapia» sigue sintiéndose, para muchas personas, como una confesión que hay que hacer a media voz.

El estigma sigue existiendo, aunque ya no se manifiesta de forma tan evidente como antes. Ahora es más discreto, más interior. Es ese instante de duda antes de contárselo a alguien del trabajo. Es la sensación de que pedir ayuda es sinónimo de no poder solo. En una cultura que vende fortaleza, productividad y bienestar permanente como si fueran condiciones por defecto, salirse de ese molde sigue teniendo un coste social.

Fotograma de la película El cisne negro.

Pero el estigma no es el único obstáculo. Está también el ritmo. El trabajo, los estudios, los hijos, los cuidados, los plazos, las relaciones, los compromisos: una vida apilada de obligaciones que deja muy poco espacio para detenerse. La ansiedad puede ir creciendo semana a semana, silenciosa, y aun así resulta más fácil ignorarla que reorganizar la agenda para hacerle un hueco. Sabemos identificar cuándo algo no va bien. Pero el entorno no siempre nos permite decidir que ese malestar merece ser atendido.

A diferencia de otras dolencias, el malestar mental suele ir acompañado de un sentimiento de culpa. No solo por sentirse así, sino por la idea de que uno debería poder gestionarlo por sí mismo, o de que ese estado puede afectar innecesariamente a quienes le rodean. Esa carga, que no responde a una lógica médica pero sí emocional, puede resultar profundamente paralizante.

Fotograma de la película Olvídate de mí.

Tememos convertirnos en una carga para los demás. Nos aterra la idea de que nuestra vulnerabilidad agote la paciencia de quienes nos rodean o de que nuestro malestar empañe la tranquilidad de nuestro entorno. Preferimos implosionar en silencio antes que «molestar» con nuestras sombras. Sin embargo, este silencio no protege a nadie; al contrario, levanta un muro de aislamiento que nos impide recibir el apoyo que los demás, muy probablemente, estarían dispuestos a darnos si tan solo supiéramos cómo decir que no podemos más.

Cuando finalmente logramos derribar ese muro, damos el paso y decidimos hacer terapia,  aparece otro temor: encontrar al profesional adecuado. Un psicólogo puede funcionar muy bien con una persona pero no tanto con otra. La conexión con el psicólogo importa tanto como la técnica. Lo que le ha funcionado a alguien cercano puede no ser lo que uno necesita. Esa incertidumbre -¿y si no me sirve?, ¿y si no conectamos?- hace que muchos ni lo intenten.

Para derribar estas barreras de acceso y conexión, surge una plataforma de bienestar mental pensada para la vida real. BetterHelp aborda exactamente eso: después de realizar un cuestionario, se te asigna un psicólogo sanitario colegiado que se adapte a tu perfil, tu situación y tu forma de ser. Aunque si, por cualquier razón, ese psicólogo no te encaja, puedes cambiarlo sin ningún problema. Además, BetterHelp, ofrece flexibilidad para realizar tus sesiones con tu psicólogo por videollamada, teléfono o incluso chat, y puedes elegir el horario que te interese dentro del calendario de tu psicólogo. Para que la terapia no sea otra obligación pesada en tu agenda, sino un recurso que se integra en tu rutina para sostenerte cuando el mundo no se detiene.  Además, para ofrecer un apoyo continuado entre sesiones, la plataforma cuenta con herramientas tales como un diario personal, el mood tracker, hojas de trabajo o tests para medir tu evolución.

Fotograma de la película Manchester frente al mar.

Hablar de salud mental en los medios, en las redes, en las conversaciones cotidianas es importante. Normaliza. Reduce la distancia. Pero hay una diferencia entre que el tema ocupe espacio en el debate público y que cada persona, individualmente, sea capaz de darse permiso para ocuparse de sí misma. Dar el paso es una decisión personal, pero garantizar que el camino sea accesible es una responsabilidad colectiva.

Pedir ayuda no es rendirse ni una señal de debilidad. Es un acto de honestidad con uno mismo: reconocer que algo duele y que merece ser atendido. Porque, aunque a veces se nos olvide, somos la persona más importante de nuestra vida. Y también merecemos ese cuidado.

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