Quedarse atrás no duele tanto [microrrelato]

Quedarse atrás no duele tanto [microrrelato]

Quedarse atrás en la cola del súper. En la compra de entradas para un concierto. Quedarse atrás con tus amigas porque has sido madre y con el mundo que conocías hasta la fecha.

Quedarse atrás en la moda, en el gimnasio, en idiomas, en cursos y másters, en conceptos que ya no entiendo. Quedarse atrás en música, en geopolítica, en viajes, en trenes.

Dejar atrás mares, ríos, ciudades. Quedarse atrás.

Hace tiempo que siento que me quedo atrás y, además, sin margen de maniobra.

Frank Moth
Frank Moth

Hay que buscar tiempo para ir a terapia, currar, luchar contra la caída de tus carnes no prietas y hacer ejercicios de fuerza.

Además, tienes que criar a un niño empático y cuidar de sus dientes, de sus ojos, de cada uno de sus huesos; y rezar muchísimo para que esté en el lado correcto del patio y del parque cuando haya alguna injusticia.

Y todo eso mientras llegas tarde al teatro, a las series de moda, a las pelis de estreno.

Te confirmas, te conformas y respiras.

¡Hostia, respirar! Un día se me olvidó. Estuve catorce horas sin oxígeno. Catorce.

No sé si fue sueño, fiebre o un viaje cuántico, pero entré en una especie de coma de la vida.
No era un coma médico, más bien un limbo tibio donde el tiempo se deshilacha y el alma pide un parte de baja.

Allí dentro conocí a una señora con bata blanca que me dijo:

—No vas tarde, amiga. Es que el resto va sin mirar por dónde pisa.

Me preguntó el motivo de porqué había dejado en la taquilla de aquella sala blanca mis ganas de vivir, yo le dije:

¿Pero cómo no voy a querer vivir si tengo un hambre que me comía la Luna? Un suicida no tiene ganas de comer, digo yo.

Tranquila, esto es normal.Y yo pensé: normal, dice...

Nunca entenderé cómo se le puede decir que esté tranquila a alguien que no lo está, es como decirle a Hitler que sea un buen chico, o a un toro que no embista a un torero que le acaba de dejar el lomo como un colador.

Entreabrí los ojos y descubrí que, a los pies de mi cama, estaban todas esas canciones no escuchadas todavía.
Y las pelis, y las series que no he visto.
Estaban mis amigas perdidas por el camino.
Mi hijo, en la parte correcta de la vida, con sus dientes y sus ojos en su sitio.
Estaban también todos los trenes perdidos, esperando sin prisa.
La mano de mi compañero, apretando fuerte la mía.

Y por la puerta entraron también mis ganas de vivir.
Esas que, en el fondo, nunca perdí.

Porque siempre tuve hambre.
Hambre de mundo.
Hambre de piel.
Hambre de Luna.

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