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Post amor: brújulas y hábitos.

La música se convierte en una pesadilla, leer algo es imposible y salir a la calle una odisea: el desamor te deja en parada cardiaca.

 

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Ilustración de Kyung Choi

 

Dejar una relación que te gusta, contra tu voluntad, de manera radical y a marchas forzadas, es de lo más complicado de asumir. Al principio todo son preguntas, ¿Por qué?, ¿Es en serio?, ¿Qué ha fallado?... la persona que te suelta no puede explicarlo, pero se va. Y tú te quedas ahí de pie, deseando que te parta un rayo con las palmas de las manos abiertas, mirando al cielo e implorando que dos piedras caigan en ellas para poder agarrarlas con fuerza y lanzarlas al vacío, figurativamente, claro. En realidad esas piedras se llaman “explicaciones” y ese vacío se llama “pasado”. El objetivo de lanzarlas no es otro que pasar página. 

Pero hay algo en todos nosotros que no sabe vivir con incertidumbre (y se niega) y que cuando no hay respuestas se revuelve y auto boicotea. Es entonces cuando nos permitimos pasar por el dolor, la tristeza, la rabia, la ira, la decepción, la autocompasión, la impotencia y todo tipo de sentimientos de mierda que nos hacen sentir extrañamente más vivos que nunca y que se convierten en una especie de cóctel de champán, whiskey, orujo de hierbas y bayleisEl resultado: montaña rusa.

Ante la falta de información por parte del interlocutor que se marcha, y la locura transitoria, hay que mirar adelante y es entonces cuando introducimos en nuestro día a día palabras que en pareja no manejábamos, como “soledad”. S-o-l-e-d-a-d, para empezar a sentir lo que creemos que es un vacío que nada puede suplir y que se convierte en el abismo del concepto real de individualidad y a entender que únicamente nosotros mismos podemos sacarnos del hoyo. De nuevo, quieres tener piedras para lanzarlas contra el espejo y romper ese reflejo que tanto asusta, que es verse solo (sola) ante la vida. Y en vez de querer salir del hoyo pides una pala XL para terminar de echarte tierra encima.

 

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Ilustración de Kyung Choi

 

Y todo para enterrarnos con esas esas pequeñas cosas que empezamos a extrañar y nos resistimos a olvidar y desechar, esas que hasta ahora eran detallitos cotidianos sin importancia pero que nos hacen regurgitar esa soledad y rechazarla por completo, ya sabéis: el sofá vacío, solo un lado de la cama abierto, la nevera desolada, el no saber hacer compra para uno, el cepillo de dientes y la pasta en tándem (ya no hay un segundo cepillo que demuestre que en ese hogar hay dos personas que se quieren), la lavadora a media carga, las estanterías vacías…. Y por supuesto el proceso de echar de menos constantemente las opiniones y consejos del otro, los abrazos, los olores, o mandar un mensaje preguntando “si falta algo” y “ten un buen día”. Es como un agujero negro porque en el fondo realmente sabes que no son pequeñas cosas sino grandezas recolectadas con años, esfuerzo y mucho amor. 

 

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Ilustración de Kyung Choi


Para más inri están los lugares comunes. Los que se descubren y construyen con la persona especial y en los que la sensación al entrar juntos es lo más parecido a la telepatía. Es un “estar en casa”, un “aquí hemos vivido muchas cosas, hemos bailado hasta amanecer y nos hemos besado más”, “aquí conocimos a no sé quién”, “de este sitio te encantaba el tartar de salmón…” De pronto empiezas a evitar esos locales, bares, museos, galerías, plazas, monumentos y restaurantes. Sin duda es lo más triste de permanecer en la misma ciudad que la persona con la que has compartido todo esto y que ya no está a tu lado. Sin embargo se convierten en un imán, porque frecuentarlos era un bonito hábito. Y sabes que tiene que pasar el tiempo y que cuando vuelvas a ellos no va a ser lo mismo y que vas a tener que cambiar la mirada. Aun así estás seguro de querer volver.

 

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Ilustración de Kyung Choi


Lo mismo pasa con la odisea de salir a la calle y caminar. Las calles son muy complicadas porque hay una especie de magnetismo en ellas. Hay calles y cruces en los que levantas la vista del suelo, porque el corazón te da un vuelco: “pum, pum”, y sabes de alguna manera que esa persona está cerca. Lo intuyes y te aceleras… incluso te sorprendes a ti mismo doblando una esquina y desviándote de tu recorrido. Como si el verdadero amor nos hiciera desarrollar una brújula y fuera imposible desatar el vínculo.

Cuando a mí me ocurre, se me viene la frase de Rayuela , de Julio Cortázar a la cabeza, estilo mantra: “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Solamente tardo unos segundos de tristeza infinita en ser consciente de que el encuentro se ha convertido en desencuentro y la búsqueda en huida.

Gracias a Ana Lust

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