Carta de amor a un Madrid que ya no existe

Carta de amor a un Madrid que ya no existe

Hace un par de días nos topamos con la mala noticia del cierre de la librería Tipos Infames. Un lugar al que íbamos quienes necesitábamos libros para llorar, para huir o para fingir durante unas horas que la vida podía ser otra cosa.

Cerró y con ella se fue otro trozo de barrio, otro pedazo de un Madrid que se apaga despacio, como esos familiares que empiezan olvidando nombres y acaban olvidándolo todo. Una ciudad con demencia progresiva: a veces reconoce caras, voces, rutinas, pero cada vez con menos nitidez.

Fotografía de Haitam ELKADIRI.

A pocos metros, también baja la persiana la Galería La Causa. Otro sitio que no puede más. Otro lugar arrasado por la presión. Los edificios que antes cobijaban a gente normal, ahora sirven de decorado para turistas siempre a punto de hacer la última foto antes del fundido a negro. No viven aquí. Consumen aquí. Y se van.

Siempre he tenido una relación intensa, casi patológica, con Madrid. La primera vez que vine, siendo niña, a casa de mi tía abuela en Prosperidad, besé el suelo al llegar, como los papas cuando aterrizan. Lo besé de verdad. Mis padres pensaron: esta niña es tonta. Quizá lo era. O quizá entendió algo antes de tiempo.

Madrid fue mi casa durante quince años. Los mejores, en general. Hasta que hace cuatro años nos echó. Sin contemplaciones: nos echó como se patea una lata vacía en la acera. Nuestro piso de Malasaña era viejo, tenía agujeros sospechosos por los que algún día podría haber salido una capibara o un pulpo, pero fue nuestro hogar durante doce años.

Fotografía de Aitziber Ruiz de Eguino.

Desde la terraza se veían los tejados y el sol se resistía a irse, como si supiera que allí pasaban cosas importantes. Cosas pequeñas, que son las que cuentan.

Había vecinas de verdad: mayores, jóvenes, solas, acompañadas, con perros, con historias. Había un supermercado capaz de abastecer una pandemia y una invasión zombi. Había proximidad. Esa palabra que ahora parece subversiva.

Madrid era eso: un sitio donde no sentirte fuera cuando llegabas vapuleada de otros lugares. Una ciudad que no te pedía currículum emocional. Te dejaba estar.

Plaza Dos de Mayo. Fotografía de Cultura Inquieta.

Aquí nació mi hijo. Cuando sea mayor contará que de pequeño comía mejor que un ministro en las guarderías de la era Carmena; que creció entre calles llenas de latas de cerveza y pis camino del parque. Niño «malasañero». Niño, punto. Contará que sobrevivimos a la pandemia en aquella terraza, mirando los tejados, hablando con los vecinos, aplaudiendo para no morirnos. Que no era poco.

Madrid nos acogió cuando otras ciudades prometían mucho y cumplían poco. Yo venía de treinta años de pueblo y ciudad mediana, sintiendo que no encajaba en ningún sitio, hasta que llegué aquí dispuesta a encontrar casa, nuestra casa. Y la encontré. Con su luz naranja, su dureza y su belleza. Madrid te daba aire. Y compañía. Aunque doliera.

Madrid era el factor sorpresa: el músico en la esquina, la amiga súbita del parque, el bar cualquiera donde empezabas las noches y acababas de día, el táper compartido en el curro mientras todo se iba a la mierda.

Madrid era mi casa. Ya no lo es.

Ahora vivimos en la sierra. Desde aquí Madrid se ve, como ese recuerdo borroso. Los primeros años viví enfadada. Mucho. Me preguntaba por qué la ciudad que tanto amábamos nos había empujado fuera, como si ya sobráramos. Pero claro: no hay luz sin oscuridad y no hay ciudad sin expulsión cuando el sistema manda.

Aun así, me permito una esperanza mínima, casi idiota: volver. Pero volver a ese Madrid de alquileres humanos, de bares de barrio, de librerías donde te conocen, de proyectos posibles, de amistades esporádicas que se convierten en buenas amistades. De una ciudad que cuidaba.

Fotografía de Cultura Inquieta.

Dicen que Madrid nos pertenece a ti y a mí. Mentira. Ahora pertenece a otros bolsillos. A gente que no llamará a la vecina para que cuide de su hijo porque tiene una urgencia. A gente que no sabrá quién es el portero ni el frutero ni el camarero. A gente que no entiende que un bar de siempre o una librería no son negocios: son infraestructura emocional.

Madrid, te quiero. Aunque ya no nos quieras. Aunque nos hayas borrado. Te quiero incluso así, convertida en algo que apenas reconozco. Porque nadie muere del todo mientras alguien le recuerde o algo así dicen.

Y yo, desde estas montañas desde las que aún veo tus torres, sigo soñando contigo. Sigo enfadada. Sigo queriéndote.

Y una última cosa: No eches a nadie más mientras te quede memoria.

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