Se acerca la noche de muertos y las tiendas, los hijos, las fiestas, las comidas, los escaparates y hasta las ventanas de los vecinos se disfrazan de Halloween. Una fiesta pagana que ha ido ganando terreno en nuestro país a pasos agigantados y que, en mi barrio, ha alcanzado ya dimensiones que me hacen sospechar que entre mis vecinos hay más de una decena de psicópatas integrados.
Gente que el resto del año te saluda con normalidad, recoge la caca del perro y te pregunta qué tal la familia, pero que llega octubre y convierte su casa en un psiquiátrico abandonado. Pero bueno, ese es otro tema.
A mí nunca me ha gustado Halloween. No me gusta pasar miedo. Soy una rara avis en esto del sustogusto. No disfruto con esa descarga de adrenalina que a otros les parece divertidísima.
Las películas de terror, la violencia, los monstruos que aparecen de repente detrás de una puerta, las vísceras, los gritos, los asesinos con hacha: todo eso me baja la energía de una manera considerable. Hace años que renuncié al cine de terror. Bastante tengo con la realidad, gracias.
Y, sin embargo, llega esta fecha y ahí estoy yo, comprando chuches para los niños que vendrán a llamar a mi puerta, buscando un disfraz para mi hijo y mirando adornos para pegar en los cristales. Lo hago, como hago tantas cosas en la vida, en contra de mi voluntad y por amor.
Entonces me pregunto: ¿por qué demonios queremos pasar miedo?
La ciencia tiene algunas respuestas interesantes. Cuando sabemos que el peligro no es real, nuestro cerebro puede vivir el miedo en un entorno controlado y después experimentar el alivio, la excitación y hasta el placer de comprobar que seguimos a salvo.
El terror ficticio permite acercarnos al miedo sin que nos alcance de verdad. Hay algo casi terapéutico en jugar con el monstruo cuando sabemos que, al terminar la película, podemos encender la luz, levantarnos del sofá y comprobar que nadie nos espera con un cuchillo detrás de la cortina.
Supongo que para algunas personas eso resulta divertido pero a mí me parece un poco innecesario.
Porque yo ya vivo con miedo. No con el miedo de una casa encantada, sino con ese miedo mucho más silencioso que se instala en el cuerpo y se queda a vivir contigo.
Me da miedo la muerte de quienes amo y perder la salud. Me da miedo que enfermen las personas que quiero. Me da miedo perder a alguien y descubrir que el mundo puede seguir girando cuando para ti acaba de detenerse.
Me da miedo, también, ese catálogo de desgracias que vamos acumulando mientras hacemos como que no miramos demasiado.
Me da miedo el fascismo. Me da miedo la bronca convertida en forma de conversación. Me da miedo la pérdida de derechos presentada como una solución razonable. Me da miedo que las minorías silenciosas tengan que gritar para que alguien las escuche y que, aun así, nadie las escuche. Me da miedo el sufrimiento de quienes siempre acaban pagando las fiestas de otros. Me da miedo que nos acostumbremos a mirar hacia otro lado porque mirar de frente resulta demasiado incómodo.
Me da miedo que se quemen las montañas y que después aprendamos a vivir con el paisaje quemado con la resignación de un pez ha llegado por error al desierto.
Me da miedo que falten tratamientos en la sanidad pública y que alguien tenga que explicar que no hay presupuesto para curar, mientras nosotros discutimos en las redes y las barras de los bares sobre cualquier estupidez.
Me da miedo que los profesores bajen los brazos. Que se cansen. Que dejen de intentar enseñar a nuestros hijos que el mundo es mucho más grande que aquello que cabe en una pantalla. Me da miedo que la educación termine en manos de quienes no entienden que enseñar no es rellenar cabezas, sino abrir ventanas. Que educar es entregar herramientas para pensar, dudar, cuestionar, imaginar y, sobre todo, para no dejarse engañar.
Me dan miedo mis hormonas perimenopáusicas, que tienen una personalidad propia y probablemente más autoridad que yo dentro de mi cuerpo. Me dan miedo mis músculos cuando recuerdo que si no los someto regularmente a cierta tortura llamada entrenamiento de fuerza, dentro de unos años podrían decidir abandonarme.
Me da miedo perder fortaleza. Me da miedo perder convicciones. Me da miedo que se apague la bruja que llevo dentro.
Me da miedo descubrir que, en un mundo que hierve, yo también puedo terminar acostumbrándome a la temperatura.Y me da miedo el insulto. La violencia. La crueldad convertida en entretenimiento. Esa facilidad con la que algunas personas deshumanizan a otras para poder dormir tranquilas por la noche.
Quizá por eso no entiendo demasiado bien nuestra fascinación por el terror, quizá porque somos muy humanos cuando sabemos que el monstruo no puede hacernos daño. Quizá necesitamos jugar con el miedo para recordar que podemos apagar la luz. Que podemos volver a casa. Que podemos abrazar a alguien y sentir que estamos a salvo.
Por eso pienso que el miedo es una cosa extraña. Nos dicen que es lo contrario del amor. Y quizá lo sea cuando el miedo nos paraliza, cuando nos encierra, cuando nos convence de que nada merece la pena porque todo puede perderse. Pero también pienso que, muchas veces, el miedo es la otra cara de aquello que amamos.
Me da miedo que se queme el bosque porque amo los árboles. Me da miedo que falten médicos porque amo la vida. Me da miedo que se pierdan derechos porque amo la libertad. Me da miedo que mi hijo aprenda discursos de odio porque amo profundamente al ser humano que quiero que llegue a ser.
Y ahí aparece el amor, como una especie de un animal muy punki que se niega a quedarse sentado.
Pienso en esos jóvenes que se mojan, que duermen en tiendas de campaña, que se organizan, que limpian la Puerta del Sol, que se reúnen para defender algo que todavía no existe del todo pero que quieren que exista: un futuro habitable. Y me conmueve esa forma tan poco espectacular de esperanza. Esa gente que, en lugar de limitarse a decir que todo está fatal, se pone a recoger basura, a organizarse, a cuidar, a reclamar, a construir.
Mis vecinos me dan miedo en Halloween. Eso es verdad. Pero después volverán a saludarme como personas normales, a sacar sus bolsas de basura, a comentar que ha refrescado y a preguntarme por el niño o por los gatitos.
Lo que de verdad me da miedo no es que mi vecino coloque una cabeza decapitada en el jardín. Lo que me da miedo es que mi hijo crezca acostumbrándose a otras cosas; a los discursos de odio, a los discursos machistas y a pensar que la violencia es una forma aceptable de resolver un conflicto.
A creer que hay personas que merecen menos porque nacieron en otro sitio, porque aman de otra manera, porque tienen menos dinero, porque piensan diferente, porque son más vulnerables.
Me da miedo que un día deje de sorprenderle la crueldad. Eso sí que es terror.
Poer eso, cuando llega Halloween, miro todas esas calabazas, esqueletos, fantasmas, brujas y monstruos colgados de las casas y pienso que, después de todo, tienen algo tranquilizador.
Porque esos monstruos llevan disfraz y los reconoces, sabes incluso dónde están, puedes incluso darle un puñado de chuches y venga, hasta luego.
Pero los monstruos de verdad son bastante más difíciles de digerir, a veces son los que nos dirigen y escriben nuestras leyes en un papel mojado y a veces están escondidos en nuestras propias sombras.
Por eso este Halloween, mientras compro una bolsa de chuches que probablemente acabaré comiéndome yo hasta vomitar, mientras mi hijo se disfraza y mis vecinos convierten sus casas en el infierno de Dante, voy a intentar acordarme de algo, que la única manera de vencer al miedo no sea dejar de sentirlo, sino decidir qué hacemos con él.
Y yo quiero que el miedo que siento por mi hijo, por el mundo y por todo lo que aún estamos a tiempo de salvar, se transforme en la forma más valiente de amor.
«El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad»
-Aldous Huxley
