El día que el temor ganó al amor, perdimos todos

El día que el temor ganó al amor, perdimos todos

En un mundo en el que proliferan las aplicaciones de citas como mercados digitales de carne y catálogos de necesidades humanas primarias, uno puede pensar que hay más intimidad y más pudor en quedar con alguien para tomar un café y charlar sobre sueños que en quedar con alguien para follar como seres irracionales.

No digo que el sexo no sea absolutamente necesario (podría ponerlo a la beneficiosa altura de respirar, comer y dormir), pero creo que son más imprescindibles el amor, el afecto y la compañía en estos tiempos tan oscuros y tan dolorosos.

Todas las pinturas son Malcolm T. Liepke.

Sin ánimo de ser categórico y absoluto, creo que, en muchas ocasiones, mostramos una resistencia absurda a que alguien acceda a la vulnerabilidad brutal que con tanto esfuerzo, nos empeñamos en proteger y ocultar.

Nos da miedo ofrecer la yugular, como hacen muchos animales para indicar que confían plenamente en la persona que los está acariciando, porque nos da miedo que pueda ser mordida en vez de besada. Nos da miedo decir lo que sentimos y que sea otra batalla perdida con su correspondiente duelo y su correspondiente acto de reconstrucción. Hay un miedo generalizado a sentir amor en cualquiera de sus formas.

No sé, es sólo que no entiendo mucho por qué transitamos como seres impertérritos un momento en el que se adolece tanto de responsabilidad afectiva e inteligencia emocional. Es como si nos hubieran lavado el cerebro con esas absurdas ideas de que el éxito está basado en no permitirnos perder y fallar en ningún momento. Siempre debemos quedar por encima del resto siendo los primeros y las primeras en dar el golpe.

Herir antes de ser heridos es una máxima a la que le profesamos una fe ciega.

Quizás sea por eso que se han establecido ciertos patrones sociales que repetimos y que denominamos con anglicismos divertidos como ghosting que parecen restar relevancia a nuestros actos más deplorables y deshumanizados.

Si alguien me atrae, no debe notarlo demasiado rápido. Si me escribe, no debo contestar al momento. Si me apetece ver a esa persona, que no sea de manera continuada. A ver si por lo que sea, descubre que debajo de mi armadura late un corazón que a veces pienso que se me va a salir por la boca. A ver si voy a perder toda mi descarnada reputación apostando por algo que sí merezca tal pérdida.

Nuestro lado más romántico y más sensible lo hemos relegado al consumo de comedias románticas que, paradójicamente, revientan las taquillas o hacen audiencias millonarias en las plataformas de streaming. Esas que denominamos como guilty pleasures, y a las que, por supuesto, les colocamos el adjetivo «culpable» delante. Eso sí, lo que sea que etiquetemos, si es en inglés mucho mejor, que somos insensibles, pero unos modernos y unas modernas.

Siento que sobrevuelan varias ideas erróneas acerca de la debilidad, la fragilidad y, al fin y al cabo, la humanidad, que nos están llevando a tener una idea del amor también muy errónea.

Como si de una lacra se tratara, a muchos y a muchas se nos denomina como intensos e intensas de manera despectiva porque «intensidad» es un concepto totalmente demonizado dentro del contexto de este amor evitativo que pondera.

Si alguien ha sido capaz de derribar nuestras barreras, podemos sentir pánico de verbalizarlo ya que una vez está fuera del oscuro pozo de nuestra alma, se convertirá en una verdad indiscutible. Como si no hubiera marcha atrás.

En ocasiones, es incluso peor aún cuando alguien decide confesarnos su verdad y tenemos que gestionar esa información atroz que es que alguien está cometiendo la insensatez de querernos.

¿Por qué muchas veces pensamos que podemos perder el control de la situación y que se tambalea nuestra estabilidad emocional cuando alguien comete el delito de decirte que le remueve y le conmueve estar a tu lado?

No entiendo que no queramos fluir con alguien, que nos queramos sentir la libertad de no tenerlo todo bajo el ala de nuestra calculada y fría imagen cuando lo que de verdad podría considerarse un hecho irrefutable es que no se nos está quedando un mundo para estar solos y solas. La vida no invita a transitarla en soledad. Nunca lo hizo.

Se nos llena la boca diciendo que el amor y el afecto son los motores que mueven el mundo, pero lo decimos con la misma ligereza con la que luego el ego y el maldito miedo nos hace olvidar lo que hemos dicho.

De todas las ideas erróneas que sustentan nuestras dureza y y alimentan nuestras poses inquebrantables, puede que la que esté más fuera de foco sea la ya mencionada, la de «miedo» y no porque su concepto haya mutado o haya perdido su sentido, no, es porque el objeto de nuestro miedo no debería ser el amor, sino justamente lo contrario.

Deberíamos tenerle más miedo a nuestra deshumanización porque no hay nada más inhumano que empeñarse en parecerlo y correr el riesgo de acabar siéndolo. Vivamos allá donde nuestras almas se encuentren con nuestros cuerpos.

«Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos».

Shakespeare

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