¿Qué harías si un meteorito fuera a impactar la Tierra? Reflexiones sobre el fin del mundo

¿Qué harías si un meteorito fuera a impactar la Tierra? Reflexiones sobre el fin del mundo

Ayer escuché a J. J. Benítez decir que en 2027 el asteroide GOG impactará de lleno contra la Tierra. Tsunamis, terremotos, meses de oscuridad, sequías, una vida casi imposible.

Todo servido con fecha y hora: 7 de agosto. En plenas fiestas de mi pueblo; podrías haber esperado un par de semanas, maldito meteorito.

Hace unos días, también nos conmovía el vídeo del pingüino nihilista: un pingüino que se separa del grupo y camina solo hacia el interior de la Antártida. Sin mirar atrás, sin rumbo aparente, como si hubiera decidido que hasta aquí.

El fragmento pertenece al documental Encuentros en el fin del mundo (2007), de Werner Herzog. No he podido evitar enlazar ambos eventos en mi cabeza, que últimamente tiende al desastre.

No hay que alarmarse. La discusión astronómica por estas horas analiza la remota posibilidad de que un meteorito impacte en la Tierra en unos meses.

Científicos de varios países reunidos en la Conferencia de Detección de Asteroides y Basura Espacial acaban de sesionar en Darmstadt, Alemania, y llegaron al curioso pronóstico.

Detectaron la posibilidad que el asteroide 2006 QV89, de 40 metros de diámetro, choque con nuestro planeta el 9 de septiembre.

Este cuerpo impactaría con la Tierra a una velocidad aproximada a los 44.000 kilómetros por hora.

Partimos de esto: no hay evidencia científica de que ni este ni GOG vayan a chocar, ni explicación definitiva del comportamiento del pingüino.

Pero yo ya me he montado la historia: ese pingüino se bajó de la vida antes de que la vida lo bajara a él. Antes de que lo aplastara un puto meteorito que pasaba por allí.

Collage de Frank Moth.

Según Benítez, la NASA tiene un año para desviarlo o destruirlo. También dice que es más grande que Chicxulub, el que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años. Todo muy tranquilizador.

¿Y si el pingüino, además de estar hasta las patas de la nieve, la falta de intimidad y de no poder volar, intuye lo que se avecina?

Quizá presiente que todo se va a complicar todavía más, ¿hay que seguir aguantando cuando tu vida tampoco te entusiasma?

Quizá hay algo más profundo. Tal vez el pingüino nihilista es el más sensible de su colonia y no soporta ver sufrir a los demás. Su vida no es fácil: no tienen dientes, son monógamos, no pueden volar… eso sí, nadan que se las pelan.

Yo creo que sabe lo que va a pasar porque tiene sensibilidad extrema en sus membranas interdigitales y recibe información de su doble cuántico.

A partir de ahora lo llamaremos P. P no quiere sufrir, pero sobre todo no quiere ver sufrir.

A mí me pasaría lo mismo. ¿Y a ti? ¿Qué harías si supieras que en 2027 nos vamos todos a la mierda?

Tengo que confesar algo: hay una parte de mí que encuentra alivio en esta desgracia. Miedo al futuro, a la pérdida, al dolor. En esa cobardía, el meteorito parece compadecerse de mí. Si nos morimos todos a la vez, se acaban los duelos.

Pero luego pienso que también se acabarían los panes recién hechos, los atardeceres, el olor a lluvia, el mar, los abrazos, los pelos de punta, las películas, las canciones… Y entonces no lo tengo tan claro.

Si tuviera la certeza absoluta de que GOG u otro cuero estelar viene, creo que lo primero que intentaría hacer es no discutir con mi hijo ni con nadie.

No trabajaría; vendería lo poco que tengo y lo gastaría con una alegría, invitando a rondas en los bares que queden abiertos, comprando chocolate, flores, discos que no llegaré a escuchar.

Me quedaría con la gente que amo todo ese tiempo, los abrazaría hasta que duela y me dolería la tripa de reír, les diría que los quiero cada diez minutos por si alguno se me escapa. 

Intentaría reconciliarme con mi cuerpo, andar en pelotas cuando pueda, mirarme al espejo y sonreírle al desastre sin pedirle nada más. 

Sería genuina, mostraría sin pudor mis miserias y mis virtudes. Caminaría mucho, descubriría mi barrio como si fuera extranjera, me perdería por calles que siempre ignoré, hablaría con extraños, los metería en casa.

Haría cosas útiles como pintar, escribir, plantar, arreglar lo roto, dejar algo que valga la pena aunque nadie lo vea. 

Hablaría, diría todo lo no dicho, lo que pesa, lo que llevo dentro, y me llevaría a las estrellas esas conversaciones nunca tenidas antes.

Aprendería sin presión, por curiosidad y placer, por la chispa de estar viva: música, idiomas, leer la ciudad, hacer fuego, colgar un cuadro torcido. 

Amaría profundo, sin miedo a la pérdida, al dolor ni al futuro.

Alex Webb, 1983.

Recorreríamos kilómetros a pie, sin gasolina ni aviones, descubriendo paisajes cercanos que siempre estuvieron ahí y nunca miré. 

Comeríamos cosas que me gustan aunque ya fueran imposibles de cocinar, bailaría merengue, salsa y bachata como si hubiera nacido en el Caribe, me reiría de mí misma, del fin del mundo, de los asteroides y de los pingüinos nihilistas. 

Recordaría a quienes ya no están y les diría que nos vemos en breve.

Dormiría bajo el cielo, miraría las estrellas y sentiría, por fin, que la vida es más grande que el miedo, e intentaría no irme sin saber quién soy, porque eso sí me lo debo.

Collage de Frank Moth.

¿Por qué necesitamos la amenaza del fin del mundo para abrazar a quienes queremos, para bailar merengue, para andar desnudos, para decir lo que sentimos y hacer las cosas que nos encienden por dentro?

Quizá nuestro pingüino nihilista no huía. Quizá simplemente decidió no acompañar el desastre, adelantarse y caminar hacia su propia forma de libertad.

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