Razones (pequeñas) para querer seguir habitando este planeta

Razones (pequeñas) para querer seguir habitando este planeta

Hay días en los que una siente que ser humana es una desdicha. Días en los que basta con encender la tele, ese oráculo del apocalipsis, para pensar que igual sí, que mejor el meteorito, que caiga ya, sin previo aviso.

Y desaparecer. O hacerse bola. O hibernar hasta que alguien anuncie por megafonía que ya ha pasado lo peor.

Porque cuesta. Cuesta muchísimo asumir que alguien que fue un niño, un niño con mocos, con rodillas raspadas, pueda convertirse en una persona que desata dolor y guerras como quien enciende una cerilla.

Y entonces la cabeza intenta ese ejercicio imposible: imaginarle pequeño, abrazable, humano antes de dejar de serlo. 

La Chinoise, Jean-Luc Godard.

Y ahí aparece la vergüenza. Esa vergüenza colectiva de compartir espacio, tiempo y,  probablemente genes, con una pandilla de desalmados, que seguramente sí tengan alma, pero ahora no la encuentran.

Pienso que todas las personas somos capaces, en una misma vida, de lo mejor y de lo peor.

Que incluso alguien como Hitler pudo ser, en algún momento y para alguien, amable; incluso querido. Que en su Viena de juventud, alguna vecina quizá pensó en subirle un plato de comida a ese muchacho correcto, poca cosa, aparentemente inofensivo.

Y es que es probable que a Adolfo le latiera el corazón a mil la primera vez que se enamoró o que se le rompiera en mil pedazos cuando su padre le hizo daño por primera vez. Esta reflexión me sacude fuerte y me hace dudar de mi propia naturaleza.

Y entonces hago lo único que se puede hacer cuando todo tambalea: trampas. Pequeños altares. Cosas que me reconcilian con la especie aunque sea cinco minutos.

Piensas en la música, en lo pequeño, en lo que se cuela por las grietas. En una canción como Between the Bars o en todo ese disco frágil y precioso que es Either/Or de Elliot Smith, grabado casi como si pidiera perdón por existir. Y aun así, existe. Y te salva un rato.

Piensas en esa manera de escribir de Nick Hornby, en Alta fidelidad, donde la gente rota hace listas de canciones para entender su vida. Porque a veces ordenar discos es lo más cerca que vamos a estar de ordenar el caos. 

Piensas En E.T y en la esperanza de que mi mejor amigo sea un ser con pies horribles y de otro planeta. Imaginas bicis atravesando lunas llenas como una posibilidad real de escape. 

Piensas en la pintura y te agarras fuerte a Remedios Varo. A sus mujeres imposibles, a sus máquinas oníricas, a cuadros como La creación de las aves, donde alguien literalmente fabrica pájaros con música y ciencia y paciencia.

Y piensas: mira, esto también lo hacemos los humanos. Inventar belleza donde no la hay.

Piensas en Marvin Gaye y esa voz que te desarma en el primer acorde, o en quien inventó las patatas fritas, las bicicletas y los patines, en esa persona que te hace reír con solo verla aparecer. 

Piensas también en quien haya diseñado la airfryer para salvación de los matados de la cocina. Piensas en quien te ha alzado cuando estabas atrapada en el barro, piensas en Millet y en su Ángelus ,en Bach, en Aretha, en Gloria Fuertes y en los que se dejan vida y dioptrías en un laboratorio para que podamos vivir más y mejor.

Jean-François Millet: 'El Ángelus', entre 1857 y 1859, Musée d’Orsay, París.

Piensas en lo que fuimos capaces de hacer. En lo que somos ahora.

Te vas a ese momento cuando decidimos mirar hacia arriba en lugar de destruir hacia abajo. En el Apollo 11 y en el día en el que un ser humano se supone que pisó la Luna y no la rompió, solo dejó una huella, mil incógnitas  y una frase.

Piensas en quien escribe todavía cartas a mano.
En quien cuida plantas ( y las mantiene vivas después de 2 veranos)
En quien traduce libros para que otros puedan sentir lo mismo en otro idioma.
En quien pone subtítulos a una peli indie que verán cuatro gatos.
En quien sigue tocando en bares pequeños aunque no vaya casi nadie.
En quien recomienda canciones como si estuviera salvando vidas.

En quien cuida y acompaña a los pies de la cama y se olvida de cuidarse a sí mismo por un tiempo.
En  quien se atreve a mirar a su alrededor en el metro y cede su asiento. 
En quien acoge a animales que buscan calor.
En quien abraza, acoge y adopta  a seres pequeños que necesitan amor y una familia que les amortigüe un poco del dolor del mundo.
En quien pone su vida a prueba para salvar a otros en los mares bravos.
En quien llora con el dolor de un desconocido y hace suyas las alegrías ajenas. 
En quien crea belleza sin saberlo e ilumina su trocito de mundo.

Y entonces, sin darme cuenta, algo dentro se afloja, ocurre el pequeño milagro.

No porque el mundo haya mejorado. No porque de repente confíe ciegamente en la humanidad. Sino porque recuerdas que no somos una sola cosa. Que dentro del mismo saco donde cabe lo peor, también cabe alguien pintando pájaros imposibles o creando una obra maestra sin saberlo.

Quizá ser humana sea eso: abrazar la contradicción. Entender que no hay verdades absolutas en nuestros historiales, que somos el resultado de muchos acontecimientos y que el día y la noche habitan en todos nosotros.

Saber que existe lo terrible…y aun así elegir, aunque sea bajito, aunque sea cansada, seguir mirando hacia donde todavía pasan cosas hermosas. Como quien, en mitad del ruido, encuentra una canción pequeña y decide quedarse un rato más a escucharla.

Y no salvar el mundo. Pero sí, al menos, no dejar de sentir que merece la pena intentarlo.

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