La forma más alta de amor es la consideración

La forma más alta de amor es la consideración

Entre todos los contenidos insustanciales que puedo encontrarme mientras mato la desidia inmerso en un scroll infinito, a veces hallo luz.

Hace unos días, me topaba en mi red social de cabecera con un preciosa reflexión (en forma de reel) sobre la mejor manera de mostrar afecto y cariño por una persona. La píldora audiovisual en cuestión, exponía que la forma más alta de amor era la consideración.

En ella, una voz masculina profunda acompañada de una bonita guitarra y unas imágenes oníricas y delicadas, dice:

«La forma más alta de amor es la consideración. Cuando alguien piensa en cómo las cosas te harían sentir, presta atención a los detalles, te tiene en cuenta al tomar decisiones que podrían afectarte. En cualquier vínculo, cuánto les importas, se refleja en cuanto te consideran».

Jamás había reparado en que el verbo «considerar» tuviera una connotación tan bella. Jamás lo había visto usado en un contexto tan bonito. Jamás lo había entendido como un sinónimo de «amar». Pero es que ya se sabe que en ocasiones, lo esencial es invisible a los ojos.

Se podría concluir que, de alguna manera, amar es empatizar y por tanto, amar es considerar.

Fotografía de Andrea Riondino.

En cualquier relación afectiva, ya sea de pareja, de amistad o familiar, considerar a la persona de al lado es pararse a pensar que también tiene miedos, complejos, preocupaciones, cicatrices, traumas y heridas que conforman un mundo interno propio y llenan una mochila como la tuya.

Por eso, considerar también es validar lo que otra persona siente. Piensa en las veces que te han considerado.

Piensa en las veces que has sentido que alguien se ha esforzado por elegir las palabras correctas para darte una mala noticia o hacerte una crítica constructiva.

Piensa en las veces que alguien te ha dicho que una canción, un libro o una serie le han recordado a ti.

Piensa en las veces que alguien te ha escuchado, sin replicarte, sin exponer lo que piensa y sin juzgarte. Sólo se ha sentado a tu lado, te ha rodeado con su brazo y ha esperado a que le cuentes.

Piensa en las veces que alguien te ha preguntado si eres feliz o si te preocupa algo.

Piensa en las veces que alguien te ha pedido tu opinión para algo y la ha validado.

Piensa en las veces que alguien te ha dicho que lo que para ti es importante a él o ella les importa el doble.

Fotografía de Andrea Riondino.

Piensa en las veces que te han pedido consejo y lo han seguido. Mejor aún, piensa en las veces que te han regalado el consejo a ti.

Piensa en las veces que alguien te ha leído la cara y te ha invitado a olvidarte de tu ruido por un rato.

Piensa en las veces que alguien te ha incluido en sus planes y te ha hecho partícipe de sus alegrías. Piensa en las veces que alguien ha sido partícipe de tus tristezas.

Piensa en las veces que alguien te ha dicho «donde come uno, comen dos». En las veces que has tenido una silla en otras mesas.

Piensa en las veces que has encontrado un hogar en otras habitaciones, otros salones y otros baños que no son los tuyos.

Piensa en las veces que te ha dicho que estar mal también está bien.

Piensa en las veces que no te han presionado y han respetado que tus ritmos son los tuyos. Que tus limitaciones son las tuyas también.

Piensa en las veces que te han mirado como tú no te ves. Que te han dicho que debes creer en ti como creen en ti los demás.

Piensa en las veces que alguien te ha dicho que mientras esté en la Tierra, nunca pasarás un fin de año solo.

Piensa en las veces que alguien te ha hecho formar parte de un viaje. De su viaje vital.

Piensa en las veces que te han arrancado una sonrisa y en las veces que te han secado las lágrimas.

Fotografía de Annie Spratt.

Piensa en la veces que te han considerado porque son las veces en las que, definitivamente, te han amado.

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