No amamos los lugares, amamos a las personas que habitan esos lugares

No amamos los lugares, amamos a las personas que habitan esos lugares

Hay reflexiones que aunque puedan parecer demasiado obvias, no dejan de ser conmovedoras y profundas porque te invitan a bucear en sentimientos y sensaciones que el día a día, con su frenético ritmo, nos hace olvidar o situar en un segundo plano.

En este vídeo, se lanza a un individuo sabio una pregunta aparentemente superficial y da una respuesta que me atrevería a decir, que puede llegar a cualquier persona que crea en la conexión con otras personas, en la importancia de la nostalgia y en el incalculable valor de las raíces.

El reportero plantea la siguiente cuestión: cuál es tu lugar favorito. Quizás esperaba una respuesta del tipo Roma o Praga o algún destino paradisiaco como las Maldivas o Cancún. Pero la respuesta que obtiene es otra totalmente diferente:

«No tengo un lugar favorito. Tengo a mis personas favoritas y siempre que estoy al lado de mis personas favoritas, ese lugar se convierte en mi favorito».

Fotografía de Dmitrii Shirnin.

Justo en el momento que asimilé esta sentencia, se me vino a la cabeza las veces que he soñado en llevar una vida ideal de estas que se viralizan en las redes y tienen entornos de ensueño como Edimburgo, Glasgow, París, Roma, Sicilia o Berlín.

Pero entonces, también pensé en por qué nunca había tenido el valor de hacer que algunas de esas ciudades se hubieran convertido en los escenarios de algunos de los episodios de mi vida. Enseguida encontré la respuesta: tengo demasiado apego a la nostalgia.

Fotografía de Rochelle Lee.

Durante mucho tiempo pensé que la mencionada nostalgia era una trampa que me había impedido avanzar, pero este pensamiento recurrente también me hizo replantearme el significado de avanzar.

¿Avanza menos la persona que nunca abandona sus lugares y sus personas de referencia?

Probablemente sí para esos y esas que son ciudadanos y ciudadanas del mundo y que tienen mi total admiración. De alguna manera siempre he envidiado su valentía y su desarraigo.

Fotografía de Pexels. Autor/a desconocido/a.

Pero y si vivir en un ático con vistas a los tejados de Copenhague, tomar café en librerías de Berlín, recorrer en bicicleta las calles de Amsterdam de camino al trabajo o tener una cabaña con vistas a los Alpes suizos, conlleva no tener a los compañeros y compañeras de viaje que les darían sentido a esos espacios.

No quiero decir que no exista la probabilidad de encontrar a gentes maravillosas en lugares desconocidos. Si tienes la suerte de vivir ese combo, la experiencia tiene que ser maravillosa. Pero jamás me he atrevido a dar el salto porque me ha miedo prescindir de esas almas adecuadas que transforman cualquier entorno en algo especial.

Es por eso que el listado de mis sitios favoritos no es el más apasionante del mundo, pero es el mío. Siempre querría vivir en:

La casa de mi madre que huele a sábanas limpias, a comida y a palabras de ánimo.

Fotografía de Annie Spratt.

La tasca de mi colega que huele a tortilla de patatas, ensaladilla rusa, risas y confesiones brutales.

Ese sofá viejo que arropó la necesidad de dar mi primer beso o fue testigo de conversaciones que nos hicieron madurar.

El coche familiar en el que hacíamos los viajes de verano y se mezclaban las risotadas de mis hermanos con las canciones de Simon & Garfunkel.

La calle en la que buscaba a ese amor adolescente que nunca supo que existía.

El patio del colegio en el que empecé a descubrir que la inseguridad y el miedo no eran un juego, pero en el que también hice amistades que han superado el paso del tiempo.

Las aulas del instituto en las que descubrí a profesores que daban lecciones mucho más importantes que las que teníamos que aprendernos de memoria.

Fotografía de Matthew Molone.

El coche en el que escuchábamos canciones que hablaban de ti y de mí.

El videoclub en el que el propietario me decía «llévate ésta que te va a flipar». Frase que se hacía extensible a la tienda de discos y a la biblioteca.

La piscina en la que nos tumbábamos al sol sin que importara que el silencio reinara durante horas. Si el silencio no es incómodo, es ahí.

El parque en el que mi padre empujaba pacientemente el columpio para que yo tocara el cielo con los pies.

El dormitorio de ese amigo en el que tantas veces me quedé dormido mientras me contaba lo que quería ser de mayor o me hablaba de la que le gustaba.

Fotografía de Pexels. Autor/a desconocido/a.

Creo que sin las personas que amamos, las capitales, los pueblos y las casas sólo serían conglomerados inertes y grises de hierro, cemento y hormigón porque los hogares se sustentan con los recuerdos que se conservan entre sus cuatro paredes y los verdaderos cimientos que erigen las ciudades son los sentimientos que han quedado atrapados en sus calles.

Fotografía de Pexels. Autor/a desconocido/a.

No es que quiera quedarme a vivir en ciertos lugares, es que quiero quedarme a vivir en las personas que habitan y habitaron esos lugares.

Fotografía de portada, de Anni Roenkae.

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