Nos ha sacudido la muerte de Marjane Satrapi, la autora de Persépolis, la mujer que convirtió la memoria, el exilio y la resistencia en arte, y que ha fallecido apenas un año después de la muerte de Mattias Ripa, su marido y compañero de vida.
Quienes la quisieron han dicho que murió de tristeza. Entonces me asalta la pregunta: ¿Se puede morir de amor? ¿Se puede morir de pena?
No como lo escribiría un médico en un certificado de defunción. No imagino a nadie anotando a las 5:34 de la madrugada: «causa de la muerte: tristeza».
La medicina utiliza otras palabras. Habla de insuficiencias, de órganos, de síndromes, de fallos. Pero hay veces en las que el lenguaje técnico parece quedarse corto para explicar ciertas ausencias.
Porque ¿cómo se redacta que el cuerpo se rompe cuando el vínculo era demasiado profundo?
Sabemos que detrás de estas historias no suele estar la tristeza como causa directa, sino todo lo que la acompaña cuando se instala demasiado tiempo en una vida: la depresión, el duelo extremo, el abandono de uno mismo, el aislamiento, la pérdida de sentido.
El corazón no muere de pena en sentido literal, pero el organismo puede empezar a apagarse cuando desaparece aquello que lo mantenía unido al mundo.
La ciencia, de hecho, ha encontrado lugares donde la emoción y el cuerpo se tocan de una forma inquietante. Existe el síndrome de Takotsubo, conocido popularmente como «síndrome del corazón roto», una alteración cardíaca desencadenada por un impacto emocional intenso.
Parece que la metáfora hubiera encontrado, por fin, un lugar donde hacerse carne. Y, sin embargo, lo que más me impresiona no es eso.
Es pensar en todas esas personas que mueren sin que nadie las espere. En España, distintos estudios estiman que alrededor de 4.800 personas mayores de 65 años fallecen cada año solas en sus hogares.
Algunas investigaciones elevan hasta unas 23.000 las personas de todas las edades que mueren en aislamiento. Algunas son encontradas días después. Otras, semanas. Algunas, meses más tarde.
Son cifras que hablan de muerte, sí. Pero sobre todo hablan de soledad. De vidas que terminan sin una mano que las sostenga, sin una voz que las llame por su nombre, sin alguien que note inmediatamente su ausencia.
Quizá la verdadera tragedia de nuestro tiempo sea que cada vez hay más personas viviendo como si ya hubieran desaparecido.
También ocurre en el mundo animal. Algunas especies monógamas o profundamente sociales dejan de comer, reducen su actividad y pierden el impulso de seguir adelante cuando desaparece su compañero o su figura de apego. Porque el amor no es únicamente un sentimiento. También es una estructura de supervivencia.
Tal vez por eso llevamos siglos contando la misma historia con nombres diferentes.
La literatura la llamó «morir de amor», «morir de pena», «morir de tristeza». Mucho antes de que existieran los diagnósticos, ya intuía que hay dolores capaces de ocupar todos los rincones de una vida.
Pienso en Sylvia Plath, convirtiendo el vacío en palabras hasta el límite de sí misma. Pienso en Virginia Woolf, escuchando cómo el tiempo se quebraba dentro de su cabeza mientras escribía algunas de las páginas más bellas del siglo XX.
Pienso también en Luis García Montero, que ha contado muchas veces que la muerte de Almudena Grandes le partió la vida en dos. Que el duelo es aprender cada día a convivir con una ausencia que sigue ocupando la casa, la memoria y el corazón. Sus arterias sí han resistido al daño y a la pérdida.
Pienso en John Berryman, dialogando durante años con una tristeza que terminó por parecer una segunda piel.
No murieron de pena en el sentido romántico que solemos atribuir a la expresión. Pero sus vidas quedaron unidas a ese territorio donde el sufrimiento deja de ser un episodio para convertirse en atmósfera.
Y quizá por eso seguimos utilizando esa frase. Porque hay algo que la ciencia explica, pero que la poesía todavía acompaña mejor. «Morir de pena» no describe una causa médica, habla sobre una experiencia profundamente humana.
El modo en que alguien puede empezar a retirarse del mundo sin hacerlo de golpe. El lento apagarse de una luz que un día iluminó una casa entera.
Y aun así me resisto a pensar esta historia como un final. Prefiero verla como hacen los poetas. Como una transformación del vínculo. Como si el amor verdadero no desapareciera con la muerte, sino que cambiara de habitación.
Como si todo lo que fue presencia, compañía, refugio y hogar dejara de estar separado por un instante.
Y entonces, en ese lugar donde la tristeza deja de ser peso y se convierte en memoria luminosa, me gusta imaginar que Marjane Satrapi, con tan solo 56 años, ha vuelto a encontrarse con el amor de su vida.
Y que, por fin, se han reunido al otro lado de la tristeza.
