No fue una frase dramática para él, pero para mí explotó como un puñetazo en la cara. La soltó con una cerveza en la mano, como quien recita verdades universales, esas que han hecho más daño que la humedad en los huesos.
«Tú antes molabas», me dijo, y yo pensé: antes también dormía fatal, me levantaba con el alma como un cenicero y tenía lagunas mentales, pero eso no entró en la conversación. Nunca entra.

Porque cuando dices que no bebes no basta con decirlo. No es como decir que no te gusta el cilantro o que detestas que alguien te meta un palo por el ojo. No. Decir «no bebo» activa un protocolo de emergencia social: interrogatorio, sospecha, desconfianza en la persona que soy.
—¿Pero nada, nada?
—¿Ni una?
—¿Estás bien?
-¿Estás preñada?
-¿Te está medicando el CNI con pentotal sódico y tu vida peligra?
Como si el alcohol fuera el estado natural del ser humano y la sobriedad una enfermedad rara que se contagia por proximidad.
De repente eres la rara, la que rompe la liturgia del bar, la que no brinda, la que se salta el ritual sagrado. Y entonces llega el juicio final: tú antes molabas y ahora incluso incomodas.
Antes, cuando me bebía el agua de los floreros si hacía falta, cuando me lanzabas a monólogos faltones como si fuera una mezcla entre predicadora evangelista y cómica suicida, cuando la vergüenza se me caía del bolsillo con la primera lata.

Y ojo, que algo de razón tienen. Antes yo era más deslenguada, más fanfarresca, más imprudente. Antes podía contar, con absoluto convencimiento, una historia larguísima sobre cómo en otra vida había sido una mujer negra en el Chicago de los años 40 y nadie dudaba de mí porque todos íbamos igual de perjudicados.
Antes todo era exagerado, grandilocuente, intenso. Como si cada noche fuera el tráiler de una vida mejor que nunca llegaba.
Pero ahora no bebo. 25 meses. Más de dos años (te queremos, hermana). Pero conlleva también un duelo silencioso. Una despedida rara. Como dejar una casa donde has vivido muchos años y descubrir que, aunque estaba llena de goteras, era una especie de lugar seguro en tu mundo.
Echo de menos cosas, claro. Echo de menos esa entrada colectiva en la risa, ese descontrol compartido que hace que todo el mundo se sienta parte del mismo chiste.
Echo de menos ser rápida, ocurrente, chispeante. Echo de menos no pensar tanto antes de hablar. Echo de menos a la chica con su latilla diaria, como si fuera una extensión natural del brazo, como si sin ella faltara algo esencial.
Pero también he ganado otras cosas. Lucidez, para empezar. Atención. Presencia. Esa cosa tan poco sexy y tan difícil de explicar que es estar de verdad en el sitio donde estás. Ahora escucho más. Miro más. Me doy cuenta de detalles que antes pasaban como postes por la ventanilla de un coche lanzado cuesta abajo.
Y luego está lo mejor: despertarse de puta madre. Despertarse sin culpa, sin resaca moral, sin miedo a revisar conversaciones, sin esa sensación de haber sido una versión peor de ti misma a la que le diste rienda suelta porque andaba con un potrillo desbocado en la nieve. Despertarse limpia. Neutra. Humana. Sin juzgar a quien bebe o a quien no lo hace.

Así que sí, antes molaba. También era más joven y el cuerpo aguantaba más y mejor. Pero ahora también molo. O molo distinto. O molo menos hacia afuera y más hacia adentro.
Esto no es un manifiesto. No es un texto evangelizador. No quiero que nadie deje de beber, ni que el alcohol ni los bares ( que tanto amo) desaparezcan. Solo quiero no tener que justificarme, no tener que explicar mi sobriedad como si fuera una excentricidad o un fracaso.
No beber no me hace mejor. Beber no te hace peor. Pero cuestionarme por no hacerlo sí dice cosas.
Así que la próxima vez que alguien me diga “tú antes molabas”, quizá le sonría y piense: no tienes ni idea de lo bien que me siento al dormir como una ceporra. Y me pediré otra puta cero cero. Sin tragedia.
Eso sí, que me echen a la pista, que lo sigo dando todo, con o sin anestesia. Que arda la música y mi viejo corazón con ella, hasta que amanezca.