«En verdad, sólo vivo cuando sufro»: Alejandra Pizarnik y la angustia del vacío

«En verdad, sólo vivo cuando sufro»: Alejandra Pizarnik y la angustia del vacío

Es un acto totalmente revelador el hecho de plasmar en una hoja de papel aquello que no sabemos expresar con palabras. Por imposible que parezca, toda la esencia de un espíritu puede encerrarse en un puñado de páginas.

Muchas personas, en alguna etapa de su vida, han volcado sus dudas, sus preguntas, sus angustias y sus anhelos en un diario que se ha convertido en cómplice y testigo mudo de sus luces y sus sombras.

Aunque el diario de cualquiera tiene el valor incalculable que tienen la sinceridad y la honestidad de expresar a corazón abierto, algunos, con el tiempo, se ha convertido en parte imprescindible de la literatura universal.

Flora Pizarnik (1936-1972) conocida por su seudónimo Alejandra Pizarnik, fue una poetisa, ensayista y traductora argentina que estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Entre 1960 y 1964 Pizarnik vivió en París, donde trabajó para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas que le dieron la oportunidad de mostrar su cruda y humana poesía.

Tras su retorno a Buenos Aires, Pizarnik publicó tres de sus principales volúmenes: Los trabajos y las nochesExtracción de la piedra de locura y El infierno musical, así como su trabajo en prosa La condesa sangrienta. La escritura fue la única tabla de salvación que tuvo durante su corta y atormentada vida. A través de ella, trató de expiar unos demonios que acabaron por consumirla un terrible 25 de septiembre de 1972.

Mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, Pizarnik se suicidó ingiriendo cincuenta pastillas de un barbitúrico. Sus trabajos y su poesía dejaron un valioso legado para la literatura latinoamericana, y ello derivó en la primera compilación de sus textos que se tituló Textos de sombra y últimos poemas (1982), su primera biografía llamada Alejandra (1991) y sus Diarios (2013).

La también poeta y profesora argentina Ana Becciu comenta sobre una de las últimas ediciones de los diarios de Pizarnik:

«Alejandra fue una mujer que convirtió su angustia en un destilado de palabras duras y hermosas. Su obsesión por escribir, sus dudas, y sus ganas de comer, fumar y amar con voracidad hasta que el cansancio la derrumbaba, quedaron recogidos en cuadernos y papeles sueltos que por fin han encontrado su lugar. Aun hoy, cuando ya se han cumplido más de 50 años de su muerte, la voz de Pizarnik acompaña al lector en un viaje donde la literatura importa y la vida duele».

Y duele casi tanto como la angustia y el vacío que sintió una de las artistas latinoamericanas que mejor entendió la crudeza y la dureza de la propia existencia; esa que supo descifrar con una profundidad y una sensibilidad que sólo está al alcance de unas cuantas almas malditas.

Extractos de Diarios, de Alejandra Pizarnik:

«El hastío es una botella llena de agua mineral con un pequeñísimo agujero en el fondo; cada minuto pierde una gota. Es cuestión de esperar que se vacíe o estrellarla aguantando el infernal estrépito». 

«Soy un ser triste vestido por error de euforia. Soy un ser amargado que goza ante cualquier nimiedad que haga olvidar la amargura».

«Persisto pues es lo último que me queda. Persisto pues si no escribo, soy un ser reventado. Escribo por exigencia vital».

«Temo que mis deseos de escribir no sean más que medios para conseguir el fin anhelado éxito, gloria, fe en mí».

«Tengo todo lo necesario para sufrir, pero me consuelo escribiendo poemas».

«Ojalá enloquezca o muera pronto. Estoy segura de que pronto va a suceder algo. No es posible continuar así, tan sola, viviendo y llorando. Y en resumen ¿qué quiero? Ah, no sé, no sé. Tal vez no quiera nada. Pero un gran vacío, un bicho que es vacío me muerde. Siento que me duele el corazón. Y no hay solución para mí».

«Estoy perdiendo mis últimos objetos. Se acercan la locura o la muerte o ambas o es lo mismo. Soy un vacío convulsionado por el dolor. Sufro. Sólo sé que sufro. Sólo sufro. Y nada más. Y nunca más. Digamos que siempre fue así».

«Ahora, mañana y siempre digo que me muero de tanto amor, de tanto amor en vano. Así va la vida. Todo es un enorme llanto. Una brutal sinfonía de frustraciones».

«Estuve pensando que nadie me piensa. Que estoy absolutamente sola. Que nadie, nadie siente mi rostro dentro de sí ni mi nombre correr por su sangre. Nadie actúa invocándome, nadie construye su vida incluyéndome».

«Vivo esperando llamadas, sonrisas, frases de afecto. Pero mi más profundo deseo es ser indiferente a ello. Y después de todo, ¿Qué he sacado de mi amabilidad, de mi ansia, de mi ciega entrega? He sacado soledad, desamparo y humillaciones. Todo lo cual no hubiera sucedido si fuera indiferente». 

«Yo no me siento sola, me siento abandonada, que es peor y que significa una soledad trágica, recorrida de odios, no una soledad creadora, rilkeana. En suma, me doy asco. Cada vez que hablo y sonrío y soy cordial y afable, me doy asco porque sé que lo hago para defenderme: simulo bondad, para que no me castiguen ni abandonen, para que me quieran y me ayuden, etc. Pero me desprecio y me repugno y sólo amaré al ser que me ame como soy, callada y de hielo, hecha de silencio y de dolor. Y cuando no precise ser otra ni fingir más, o al menos fingir muy poco, entonces habrá llegado la paz, el amor, la dulzura. Toda esta farsa me rompe el ser, me desarticula, me pierde y me enloquece. Hay que aceptar el abandono y la soledad».

«Los lúgubres domingos me caen ahora como frutos podridos: asociados para siempre a la soledad. Nunca tuve con quién salir, con quién ir al cine, con quién ir a pasear (...) Ni siquiera Elizabeth y Susana y Olga que tanto se vieron conmigo, con las cuales tanto conversé, me dedicaron los domingos: como si yo fuera una amiga para los días de la semana. Es que aún continúa en mí la vieja tensión cada vez que pregunto: ¿Qué haces el domingo? Y siempre todos tienen algo que hacer, como si yo llegara tarde siempre ―y en verdad así es».

«Nadie me ama a pesar de mí, contra mí. Nadie me atraviesa como a un escollo, condición de este amor esperado y jamás hallado».

«A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro, cuando sufro vivo intensamente y mi vida es interesante, llena de emociones y peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro, es mi manera de vivir. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo quisiera observar y callar, analizar y tomar nota».

«Siento que me acerco al final. No sé si vendrá la locura o la muerte. Hace tiempo que estas palabras se vaciaron para mi».

«Enamorarse a solas es enamorarse del silencio, un silencio con humo y espejos. El amor, si es algo, es dos que se miran». 

«Empieza el temor de que me abran y me dejen así. O sea: de que me curen la herida y no la cierren».

«Hay gente que no sabe usar el silencio. Por eso luego se pulveriza como el jardín de un monasterio».

«Escribir es darle sentido al sufrimiento. He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo. Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento».

«Suicidarse por amor es asesinar a quien se ama».

Suscríbete a nuestra newsletter

Únete a nuestra comunidad. Así podremos invitarte a los eventos que organizamos y estarás al tanto de convocatorias y concursos.