Dar vida y seguir viviendo: el milagro de no romperse en la maternidad

Dar vida y seguir viviendo: el milagro de no romperse en la maternidad

Cuando nació mi hijo quise hacerlo casi sola, como Gila, que decía haber nacido solo. Como en casi todo desde que tengo memoria, me repetía la misma letanía: yo puedo con esto, no quiero molestar, no quiero importunar, no quiero alterar los planes de nadie. Yo podía con lo más decisivo de la vida, que es parir, casi sola.

Y digo casi porque él, la mitad responsable de la criatura que venía al mundo, estuvo allí, sujetándome la mano con una fuerza antigua mientras mi vida entera se deshacía en una hemorragia sin orillas.

La vida se me iba al mismo tiempo que llegaba la persona a la que más iba a amar. Qué paradoja tan hermosa. Qué paradoja tan cruel.

Mientras mis latidos se hundían en aquel paritorio deshumanizado, con las piernas abiertas en un ángulo imposible, al menos para una mujer de treinta y siete años y nula vocación gimnástica, él seguía allí, estoico, intentando engañar al síncope con la mirada: a un lado, su hijo morado, quieto, sin respirar; al otro, la madre de su hijo sin fuerzas, rindiéndose a oscuras.

Fotografía de Pinterest.

Nos apagábamos como Elliot y E.T., lentamente, pegados el uno al otro, tocándonos los dedos como quien tantea la puerta del cielo.

Después nos separaron. No sé si fueron dos días o dos siglos; el tiempo, en ciertos lugares, deja de medirse con relojes y empieza a medirse con miedo. 

Solo recuerdo luz en una frase de mi compañero cuando le pregunté por el pequeño, ingresado en neonatos. Me miró con la voz temblando de amor y dijo:

Nuestro chaval se sale.

Cuatro palabras. Cuatro palabras capaces de cruzar montañas, mares, océanos y galaxias.

Cuatro palabras que cayeron sobre mis puntos en carne viva como agua fresca. Sobre los loquios. Sobre la culpa. Sobre el espanto.

Fotografía de Pinterest.

¿Qué he hecho con mi vida?
¿Qué te he hecho a ti?
¿Por qué no ha venido nadie de mi familia?
¿Por qué es tan difícil dar el pecho?
¿Por qué tiemblo?
¿Por qué me siento tan jodidamente sola?

Salimos de aquel hospital, de sus paredes hostiles, de un parto difícil y de un trato violento, con un bebé en brazos y el vértigo entero en la garganta.

Llegamos a casa. Nos miramos.

—¿Qué hacemos con esto?

—Supongo que mantenerlo vivo el mayor tiempo posible. 

Hicimos entonces un repaso mental de todas las personas conocidas y desconocidas que habían logrado criar a otro ser humano sin que nadie apostara demasiado por ellas: amigos perdidos, vividores, adolescentes, tardíos, gente rota, gente remendada, gente con una infancia hecha astillas.

Y oye, ni tan mal.¿Por qué nosotros no íbamos a poder?

Fotografía de Pinterest.

Al tercer día en casa, de mi pecho no brotaban sueños ni ideales ni esa abundancia luminosa que se supone que acompaña a las buenas madres. No salían volcanes, ni leche heroica, ni himnos maternales.

No salía nada. Solo tristeza. Frustración. Inseguridad.

Entonces salí a la calle. Llovía con rabia. Crucé la calle La Palma buscando una farmacia abierta para comprar lo que necesitaba un recién nacido para sobrevivir aquellos primeros días: leche de fórmula. Sobre todo, leche de fórmula.

Las lágrimas se mezclaban con la lluvia y nadie podía distinguir unas de otras.

Me sentía derrotada. Inútil. Expulsada de un paraíso biológico al que todas parecían entrar sin esfuerzo.

Mi bebé y yo ya no seríamos uno, me repetía sin compasión. Jamás tendría el vínculo de la teta. Ese hilo invisible de leche, sangre y grietas.

Compré pañales, crema para un culo diminuto, biberones con distintas tetinas, chupetes absurdamente pequeños, cosas de plástico que prometían consuelo.

No conocía de nada a esa persona que me necesitaba como un polluelo necesita el calor del nido.

Pasaron los días. Pasó un mes. En ese mes lloré más que en toda mi vida anterior.

«Tienes depresión posparto, no post party como la de tus años de juergas. Esta hostia es más seria. No se cura durmiendo la mona».

Eso sentía yo: que había una fiesta inmensa ocurriendo en todas partes. Que la vida era una verbena interminable. Y que alguien me cerraba la puerta en la cara.

—Lo siento. Tú no estás invitada.

Llegaron las noches en vela. La lactancia mixta. Los horarios imposibles. La sensación de examen suspendido permanente.

Aguantar seis meses dando el pecho fue una pequeña victoria en una guerra que yo creía perdida desde el primer disparo.

La pequeña criatura y yo.

Pasé por todas las fases bélicas: estrategia, resistencia, retirada, orgullo, derrota, reorganización, supervivencia.Y, sin embargo, algo iba naciendo entre nosotros.

Una conexión humilde al principio. Después diaria. Después feroz.

Cada día quería más a aquel bebé rosado que, al comienzo, se parecía a Chiquito de la Calzada. Luego fue mutando: Churchill, mi padre, mi suegra, cualquier señor mayor con hipoteca y achaques.

Y un día, a los dos meses, ese señor diminuto me miró fijamente y me sonrió.

Han pasado ocho años y todavía, cada vez que lo hace, se derriten los polos de mi cuerpo. Dicen que la risa es el primer mecanismo de supervivencia.Yo creo que es un milagro pequeño inventado contra el abandono.

Fotografía de Pinterest.

La tristeza de entonces también mutó. Pasó por incendios, inviernos, trincheras y desiertos.

Pero ahora vamos ganando algunas batallas. Los dos juntos. Los tres juntos.

No solo hemos logrado mantener con vida al ser más divertido del planeta. Además, hemos aprendido, o seguimos aprendiendo, a ser sus padres.

Exactamente:

8 años, 4 meses y 23 días.
3.067 días.
73.608 horas.
4.416.480 minutos.
264.988.800 segundos.

Todo ese tiempo aprendiendo a querer mejor.

Fotografía de Pinterest.

A mí, como casi todo en la vida, las cosas me cuestan un mundo al principio.

Luego pendulo, paso del miedo al amor más profundo que he sentido por un ser vivo. Del agotamiento a las ganas de subir con él a un cohete y explorar los mundos que caben en su cabeza. De la noche al día. Del dolor al amor. De la intemperie a casa.

Ahora sé que no tenía por qué hacerlo tan sola. Que pedir ayuda antes y después de parir también es una forma de valentía.

Que enseñar tus puntos, tus grietas, tu desconcierto, puede convertirse en regalo. El regalo de saber pedir y, sobre todo, el más difícil: el de saber recibir.

Si pudiera volver atrás, lucharía por un parto respetuoso. Sin violencia. Sin miedo. Convocaría a mi matriarcado para que me arropase en aquellas noches confusas de hospital.

Dejaría que me maternaran ellas. Escucharía de sus bocas que dar o no dar el pecho no decide la calidad del vínculo con un bebé que huele a pan recién hecho.

Habría ido a terapia para despedir a la mujer que dejó de existir y abrazar a la que acababa de nacer. Y no hablo de baby Churchill. Hablo de mí.

Todavía me cuesta atenderme. Descolgar el teléfono. Pedir. Gritar. Merecer.

Amar y dejarme amar. Dar y recibir.

Sostener y dejarme caer, como los trapecistas que se lanzan al vacío porque confían en que alguien, al otro lado, atrapará sus muñecas en el segundo exacto.

Me cuesta creer que merezco que me quieran. Entonces decido amar por mi cuenta, sin billete de vuelta a casa.

Querer como se quieren los pingüinos en mitad de la Antártida: juntos frente al frío, apretados contra la intemperie, convirtiendo el hielo en refugio.

En esa forma de querer sin esperar nada vive también el don secreto de mi herida.

Esa que se abrió en canal, a bocajarro, aquella madrugada de diciembre en la que murió una mujer y nació todo mi universo.

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