Dar vida y seguir viviendo: el milagro de no romperse en la maternidad
La vida se me iba al mismo tiempo que llegaba la persona a la que más iba a amar. Qué paradoja tan hermosa. Qué paradoja tan cruel.
La vida se me iba al mismo tiempo que llegaba la persona a la que más iba a amar. Qué paradoja tan hermosa. Qué paradoja tan cruel.
Pocas cosas hay más bellas que ese momento en el que la naturaleza y la maternidad entran en comunión a través de la lactancia.
Las fotografías de Wendy Symons desmitifican la idea de una maternidad perfecta y nos recuerdan que es un viaje complejo.
La maternidad es un viaje lleno de altibajos, un torbellino de emociones que oscilan entre la alegría y el cansancio abrumador.
Ahora que la sociedad está preparada para verdades que se han maquillado a lo largo de nuestra historia, los horrores de la maternidad ya no son un tabú. Las maravillas que siempre se han promulgado en torno al bonito universo maternofilial, por fin quedan desenmascaradas.
Una madre vestida de nazarena da el pecho a su hijo como un acto de amor por todas las mujeres que hemos sido borradas de innumerables realidades de la historia.
La maternidad es uno de los procesos más profundo a nivel físico, emocional y espirutual, que podemos experimentar las mujeres a lo largo de nuestras vidas.
Nuestro entorno doméstico es una entidad con vida propia que se mimetiza con nuestro estado de ánimo y por eso, en muchas ocasiones, puede ser una cárcel de cemento y hormigón.
Después de dar a luz, no sale nace un bebé. También nace una madre con un cuerpo nuevo, distinto, dolorido y empoderado.
Que la maternidad es bestial, en todas sus acepciones, ya no es un secreto. Parir duele y desgarra el cuerpo y el alma de esa madre, que al igual que su bebé, acaba de nacer.