«La llave»: una pequeña gran historia de amor
Hace unos años, en plena pandemia, un amigo se saltó las prohibiciones y un par de comunidades autónomas para venir a verme. Aquello no estaba bien, pero él tampoco.
Hace unos años, en plena pandemia, un amigo se saltó las prohibiciones y un par de comunidades autónomas para venir a verme. Aquello no estaba bien, pero él tampoco.
No soy heredera de la virtud romana. Me veo incapaz de sobrellevar la pérdida de mi mujer, de mis padres, de mi hermana, de mi gatita, la mía propia.
A veces hace falta alejarse años luz para entender lo que significa estar en casa.
Hay días en los que una siente que ser humana es una desdicha. Días en los que basta con encender la tele, ese oráculo del apocalipsis, para pensar que igual sí, que mejor el meteorito, que caiga ya, sin previo aviso.
No es lo que hacemos, es cómo reparamos lo que hacemos. Vivir, y, sobre todo, convivir, implica herimos.
Un camión destartalado interrumpió mi paso por la acera. En él se leía un mensaje que me heló el alma: «Se vacían casas»
¿Te ha pasado que, después de alcanzar una meta muy importante, quizá un sueño que llevabas años persiguiendo, en lugar de sentir felicidad o satisfacción aparece una sensación de vacío difícil de explicar?
Te llaman.Te colocan las tetas como si fueran un bollo suizo. Respire. No respire.
Llegados a cierta edad, nuestra percepción del tiempo va cambiando, se va haciendo más agónica y apremiante.
Hoy me ha llegado un mail con el asunto: Cómo sobrevivir a los eclipses. Y claro, lo he abierto. Porque una tiene curiosidad científica y superstición de andar por casa.