Manual sentimental para sobrevivir a la temporada de eclipses

Manual sentimental para sobrevivir a la temporada de eclipses

Hoy me ha llegado un mail con el asunto: Cómo sobrevivir a los eclipses. Y claro, lo he abierto. Porque una tiene curiosidad científica y superstición de andar por casa.

Porque aunque finjamos que no, todos queremos saber si lo que nos pasa es culpa nuestra o del cosmos haciendo malabares.

Este año viene cargado: movimientos políticos varios, inundaciones, ventoleras, crisis existenciales, una detrás de otra. Y además, eclipses. Visibles e invisibles. De los que oscurecen el cielo y de los que te apagan por dentro con un chispazo.

Una chica con media albaricoque en los ojos
Fotografía de Marillen Vor Den Augen.

Y la verdad es que creo en la hermana bastarda de la astronomía, esa que incomoda al empirismo pero que te lee la carta astral como si te hubiera visto llorar en el baño de un bar.

Desde pequeña me ha fascinado lo que se cocía ahí arriba: lo científico y lo energético, lo medible y lo inexplicable, el telescopio y el presentimiento.

Así que he decidido hacer, o mejor dicho, no hacer, ciertas cosas para no cagarla durante esta temporada de apagones celestes.

Dejar de creer en todo lo que pienso

Mis pensamientos no son sentencias del Tribunal Supremo. Son opiniones con café y prejuicios acumulados. Voy a desconfiar de esa voz interior que habla como un tertuliano en prime time.

Cambiar de opinión no es traicionarse: es actualizar el software emocional.

Collage, no creas todo lo que pasa

Ponerme en todos los zapatos posibles

Antes de juzgar, opinar o incendiar el grupo de WhatsApp familiar, voy a intentar caer en la cuenta de que nada es personal y que cada persona lleva su mochila bastante cargada como para recibir más juicios de otra persona que lleva a su vez una par de maletas cargadas de piedras.

Voy a imaginar cómo es vivir desde el cuerpo del otro, seguro que gusta.

Aprender a respirar

Respirar antes de hablar. Respirar antes de contestar ese mensaje pasivo-agresivo. Respirar antes de autoboicotearme. Respirar antes de dormir. Respirar al despertar como si la vida me perteneciera por justicia poética.

No tomar decisiones drásticas con el cielo en modo drama

Nada de dejar el trabajo, cortarse el flequillo o escribirle a un ex durante un eclipse. Los eclipses son como las madrugadas: parecen buena idea hasta que amanece.

Practicar el minimalismo emocional

No acumular rencores como si fueran latas para el apocalipsis. No coleccionar ofensas.

No releer conversaciones antiguas como quien revisa pruebas de un crimen que solo existe en su cabeza. Donar objetos y emociones a pecho abierto.

Hacer turismo de proximidad sentimental

Valorar las cosas pequeñas: la panadería que aún te fía los 80 céntimos, la vecina que riega tus plantas, la canción que te salva un martes.

Leí el otro día que viajar mucho es de malas personas. No sé si es verdad, pero sí sé que a veces huimos más que viajamos.

Graduarme las gafas (metafóricas y reales)

Para que el eclipse no me queme la retina ni la conciencia. Para no mirar fijamente lo que aún no estoy preparada para entender. Para aceptar que hay cosas que solo se ven cuando deja de haber tanta luz.

No convertir cada eclipse en una identidad

No todo lo que me duele es un destino. No todo lo que termina es una tragedia griega. A veces es solo un tránsito, una sombra que pasa, una pausa del sol.

Permitirme estar regular

Ni iluminada ni en ruinas. Regular. Como los domingos por la tarde. Como la vida real. La tibieza al final no está tan mal...

Reírme un poco del plan cósmico

Si el universo decide alinearse y conspirar a mi favor de la peor forma inicial posible, que me pille con la risa generosa y la paciencia infinita. Y tener muy presente lo que dicen los italianos: tutto passa.

Fotografía de Robbie McIntosh.

Amar mucho y bien, como antídoto contra el miedo.

Los medios, el sistema, la alarma permanente, el “cuidado con todo” nos inoculan miedo cada cuatro minutos.
Voy a practicar el amor como quien hace sentadillas: aunque cueste, aunque tiemble, aunque queme.

El amor como gesto mínimo: escuchar sin mirar el móvil, abrazar cinco segundos más, decir «te entiendo» sin añadir un «pero».

Porque al final sobrevivir a los eclipses no es otra cosa que aprender a convivir con las sombras sin declararlas enemigas.

Y si el cielo se apaga un rato, quizá sea para que por fin miremos sin miedo las estrellas.

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