Rizomas #9: entrevista con Miguel Falomir, director del Museo del Prado.
Nueva entrega rizomática, esta vez con Miguel Falomir, el director del Museo del Prado, el museo más famoso de España –y uno de los más importantes de Europa–, historia viva de este país y hogar de algunas de las más grandes obras maestras del arte a nivel mundial.
RIZOMAS es un proyecto de Pedro José Mariblanca Corrales, historiador, filósofo, periodista y unas cuantas cosas más… Con un claro guiño a la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari –en la que la heterogeneidad, la diferencia, las multiplicidades, el encuentro, la ruptura y las líneas de fuga son las principales armas para escapar del mundo que vivimos y construir posibles en él–, éste ha sido concebido para conversar y aprender con las personalidades más importantes de la cultura, el saber, la ciencia y la técnica.
Doctor en Historia del Arte, profesor titular de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y reconocido investigador –a nivel mundial–. Con ustedes, Miguel Falomir.

¿Cómo, por qué y para qué se introduce Miguel Falomir en el mundo del arte? ¿De dónde le nace la pasión por la Historia del Arte?
He sido un afortunado que creció en un entorno familiar donde se daba importancia a la cultura. Desde niño me llevaron a museos y en casa había una nutrida biblioteca en la que no faltaban libros de arte. Recuerdo particularmente la enciclopedia de arte Salvat, con sus 10 tomos encuadernados en cuero rojo, profusamente ilustrada y con informativos comentarios a pie de foto, que era todo lo que yo leía entonces. Todavía hoy, cuando pienso en monumentos, la imagen que tengo de ellos es la que aparecía en esa enciclopedia, aunque luego los haya visitado varias veces. Siempre tuve predilección por la historia. Nunca dudé que estudiaría la carrera de historia y me dedicaría al Renacimiento y así lo hice. En mi época la titulación era Geografía e Historia: tres años comunes y dos de especialidad. Mi intención era dedicarme a la Edad Moderna y a la cultura de la época, pero las corrientes metodológicas imperantes entonces en la universidad privilegiaban temas de economía y demografía que no me seducían. Así que la historia del arte me pareció una opción excelente: siempre me había gustado el arte y procuraba un vehículo idóneo para ahondar en la vida cultural del Renacimiento.
¿Por qué son importantes la historia y el cuidado del arte? ¿Crees que tienen el reconocimiento y la atención que merecen?
Nuestra biografía es importante porque lo que hemos vivido explica lo que somos y nos otorga un bagaje vital e intelectual que ayuda a afrontar el futuro. La historia es una especie de biografía colectiva con efectos y consecuencias similares. Una sociedad que desconoce su pasado es como el individuo que sufre amnesia y borra los recuerdos de una etapa de su vida. Puede seguir viviendo, pero le falta algo. El arte es parte de esa historia. Es una de las formas que la sociedad tiene de manifestarse y reconocerse, pero además tiene peculiaridades que lo hacen distinto a otras señas de identidad, fundamentalmente su dimensión estética y su capacidad para apelar a los sentidos, que le permiten trabar una relación afectiva con el individuo. El arte puede y debe emocionar. Sobre su reconocimiento y atención públicas, parece evidente que no es el que debiera, pero todos somos responsables de ello. La cultura apenas importa a los políticos pero, ¿alguna vez les hemos manifestado que era importante, que nuestro voto podría depender de su atención a la cultura?
A vueltas contigo, ¿en qué te especializas tras terminar la carrera de Historia del Arte?
Hice mi tesis doctoral sobre el Renacimiento en Valencia. Como señalaba antes, siempre tuve predilección por esa época, a la que he dedicado toda mi actividad investigadora. De ahí fui ampliado al Renacimiento español e italiano, y los últimos 25 años de vida los he dedicado sobre todo a la pintura veneciana del siglo XVI.
Empiezas como profesor en la Universidad de Valencia, pero muy pronto entras a formar parte del Museo Nacional del Prado como Jefe del Departamento de Pintura Italiana y Francesa. ¿Cómo se gestó dicha entrada? ¿Qué sentiste al unirte a uno de los museos de arte más importantes del mundo?
El acceso al museo entonces era diferente. Antes de la ley de 2003 el Prado carecía de autonomía, era un organismo más de la Administración General del Estado y era relativamente fácil la movilidad de funcionarios. Yo era profesor titular en la Universidad de Valencia cuando, en 1997, el entonces director Fernando Checa me invitó a unirme al Prado como responsable de la pintura italiana del Renacimiento. Lo primero que sentí fue una enorme responsabilidad y dudas, muchas dudas, sobre mi capacitación personal y profesional para el puesto. Los primeros años fueron tan estimulantes como exigentes pero, poco a poco, fui sintiéndome más seguro y disfrutando del trabajo. Creo que la exposición Tiziano en 2003 marcó un punto de inflexión en mi carrera en el Prado.

¿Qué es para ti el Museo del Prado? ¿Por qué y para qué es necesario?
Como amante del arte el Prado es el paraíso, una de las mejores pinacotecas del mundo; como español, una institución que ha trascendido su primigenio carácter cultural hasta convertirse en algo más, difícil de definir pero intrínsecamente unido a la idea de este país; como Miguel Falomir, es el lugar donde he podido desarrollar mi vocación. ¿Es necesario el Museo del Prado? A muchos nos costaría imaginar la vida sin él, pero aplicar a la cultura criterios utilitarios es algo muy nocivo. Hay que valorarla por lo que es, desde el momento que le buscamos justificaciones la estamos cuestionando ¿alguien se pregunta si la medicina es necesaria?
¿Cómo se organiza una institución tan grande e importante? ¿Cómo se sostiene?
Desde 2003 el Museo del Prado tiene una ley propia que ha sido fundamental para su desarrollo. Le ha otorgado autonomía de gestión y le permite generar ingresos propios. Ello le faculta a, en buena medida, diseñar su futuro, y en estas dos décadas se ha hecho con solvencia y profesionalidad, alcanzado a menudo niveles de autofinanciación superiores al 50% gracias a ingresos procedentes principalmente de entradas, patrocinio y merchandising. En un país que tiende a la autoflagelación, el Prado es un ejemplo de que podemos y debemos confiar en la responsabilidad de las instituciones cuando se les otorgan los medios adecuados.
En el 2017 eres nombrado director del Prado. ¿Cuáles son tus funciones como tal?
Al director le corresponde trazar las grandes líneas de actuación de la institución, tanto en la vertiente científica como en la administrativa. Evidentemente no lo hace solo. Cuenta con dos directores adjuntos, una excelente plantilla y la asistencia del Real Patronato, con su presidente, Javier Solana, al frente.
Con el Área de Educación, el Centro de Estudios del Prado, la Biblioteca y el Archivo, el Prado es vanguardia en la socialización de todo cuanto guarda en su haber, pero, de un tiempo a esta parte, ha desarrollado una línea fantástica en la divulgación de sus obras y el conocimiento sobre ellas a través de internet, ¿de dónde nace tan brillante idea y cómo se saca adelante?
Felipe de Guevara, en sus Comentarios de la pintura, escritos hacia 1560, recomendó a Felipe II exponer sus pinturas (que tenía almacenadas), pues –afirmaba– “las pinturas encubiertas y ocultadas se privan de su valor, el qual consiste en los ojos agenos y los juicios que de ellas hacen los hombres de buen entendimiento y buena imaginación, lo que no se puede hacer sino estando en lugares donde algunas veces puedan ser vistas por muchos”. Creo que en estas palabras se sintetiza lo que es o debería ser un museo: el arte es de todos, no de unos pocos, y las obras de arte por sí mismas son inanes, solo cobran vida cuando alguien las contempla y, al hacerlo, despiertan emociones y reacciones de naturaleza tanto sensorial como intelectual. Y para ello no basta con abrir las puertas del museo, ni siquiera teniendo una oferta de gratuidad tan generosa como el Prado.
Una de las obligaciones de los museos es hacer llegar sus colecciones a un público cada vez más amplio y variopinto. Hay muchas formas de hacerlo y ojalá todos pudieran desplazarse hasta Madrid, pero no es así; más aún, son muchos más los amantes del arte que nunca visitarán el Prado físicamente que los que sí lo harán. Y ahí entra en juego la difusión y donde encontramos excelentes aliados en la tecnología y los nuevos medios de comunicación: página web, redes sociales. El Prado ha invertido mucho tiempo, dinero y talento en procurarse unos instrumentos de difusión a la altura de su colección…y estamos orgullosos de lo conseguido: una oferta amplia y diversa (visitas virtuales, conferencias, conexiones Instagram, canal youtube, etc), capaz de satisfacer al neófito y al especialista y siempre gratuita.

¿En qué otras líneas trabaja el Museo para compartir todo cuanto tiene? ¿Qué otras líneas trabajará? ¿Qué crees que le queda para llegar a todo el mundo? ¿Cómo seguir potenciando su contacto con la sociedad? En definitiva, ¿cuáles son los principales retos del Museo del Prado en el presente y el futuro?
Los retos son muchos y muy variados. Algunos los compartimos con otras instituciones, culturales o de cualquier otra índole: cómo ser más sostenibles, inclusivos, etc…otros son más específicos: cómo hacer compatible el público cada vez más numeroso (el Prado lo visitaron en 2024 casi tres millones y medio) con la calidad de la visita, cómo ampliar la base social de nuestros visitantes y, acaso la más importante, cómo trasladar al público actual la importancia del arte hecho siglos atrás. Un museo como el Prado tiene un público muy heterogéneo y hemos de saber dirigirnos a él atendiendo a sus peculiaridades.
Queremos atraer a quienes habitualmente no visitan los museos, lo que procuramos hacer mediante programas educativos y de acción social, o habilitando horarios de visita que se adecúen a sus posibilidades (Prado de noche, que abre gratuitamente el museo el primer sábado de cada mes, de 8:30 a 11:30), debemos aspirar a ser un museo nacional con verdadera presencia en toda la nación (lo que hacemos a través de Prado Extendido) y, en general, ofrecer aquellos instrumentos que permitan un mayor disfrute de nuestras colecciones, ya sea por vía presencial, analógica o digital.
Para ir terminando, ¿en qué situación crees que se halla el arte actualmente? Plátanos pegados a paredes, esculturas invisibles, un vaso de agua medio lleno… ¿Se nos ha ido de las manos con la posmodernidad?
El arte siempre ha tenido una vertiente experimental e incluso subversiva y es lógico que sea así. La creación artística es una actividad que no puede estar al margen de la sociedad (de lo contrario sería irrelevante) y la sociedad a menudo demanda respuestas (en este caso estéticas) alejadas de los cauces mayoritarios. Por otro lado, nada hay peor para un artista que la indiferencia hacia su trabajo. Otra cosa es que, a estas alturas del siglo XXI, obras como las que comentas sigan “epatando al burgués”.
Y última, pero no menos importante. ¿Qué queda del Miguel Falomir que empezó su historia de amor con el arte y qué le queda por hacer?
Cuando echo la vista atrás, y cada vez lo hago más a menudo, constato que he sido muy afortunado por haber hecho de mi pasión mi profesión y haber llegado mucho más lejos de lo que nunca imaginé. Y mi amor por el arte se ha mantenido e incluso acrecentado con el tiempo. No es necesario tener conocimientos para disfrutar el arte, pero creo que si los tienes lo disfrutas más y mejor, y en estos años algo he aprendido. Respecto a qué me queda, diría que concluir unos cuantos proyectos al frente del museo y dedicar mis últimos años a ejercer de historiador del arte: escribir un par de libros, montar esa exposición que no he tenido tiempo de hacer, y seguir disfrutando del arte.