Rizomas #10: entrevista con Luis García Montero, director del Instituto Cervantes

Rizomas #10: entrevista con Luis García Montero, director del Instituto Cervantes

Entrevista con Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

Tras conversar con algunas de las personas más influyentes en el ámbito de la cultura de club, la literatura infantil, la cocina, la arquitectura, la música electrónica, el teatro, la salud sexual, el cine, el humor y el arte –tanto a nivel nacional como a nivel global–, en esta nueva entrega, charlamos sobre poesía y una de las lenguas más importantes del planeta: el español. Lo hacemos de la mano de uno de los principales maestros de la palabra, Luis García Montero.

RIZOMAS es un proyecto de Pedro José Mariblanca Corrales, historiador, filósofo, periodista y unas cuantas cosas más… Con un claro guiño a la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari –en la que la heterogeneidad, la diferencia, las multiplicidades, el encuentro, la ruptura y las líneas de fuga son las principales armas para escapar del mundo que vivimos y construir posibles en él–, éste ha sido concebido para conversar y aprender con las personalidades más importantes de la cultura, el saber, la ciencia y la técnica.

Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, Premio Nacional de Poesía (1995), escritor en algunas de las editoriales más importantes de la lengua española, colaborador en los principales medios de comunicación de España, y actualmente director –desde el año 2018– del Instituto Cervantes. Con ustedes, Luis García Montero.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.
Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

¿Cuándo, cómo, por qué y para qué se introduce Luis García Montero en el mundo de la literatura española?

Creo que debajo de todo escritor y de todo poeta, lo que hay es un lector. Yo tuve la suerte de tener un padre al que le gustaba la poesía y que leía en casa sus poemas preferidos. En casa teníamos Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Mi padre recitaba Canción del Pirata, de Espronceda, y eso me emocionaba.

Pero, sobre todo, lo fundamental es que un día, en la biblioteca de casa de mis padres, descubrí un libro que parecía una biblia, porque estaba forrado en piel y tenía papel… biblia, las obras completas de Federico García Loca que editó Aguilar. Y tuve la suerte de abrirla, además, por una parte que captó rápidamente mi atención, las Canciones, concretamente por la Canción de los Lagartos:

El lagarto está llorando
La lagarta está llorando
El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

El libro que quizás más me ha influido de Lorca es Poeta en Nueva York, pero sí yo, con doce años, entro a Poeta en Nueva York, me hubiera quedado fuera. Y aquella canción me fascinó. Porque era mi infancia, jugando por las orillas del río Genil persiguiendo lagartijas y lagartos.

Después, esa atención fue creciendo con otros libros de poemas, las novelas de Galdós o lo que iba cayendo en mis manos. Y eso fue lo que me hizo estudiar literatura. Yo siempre digo que hice una carrera, una memoria de licenciatura, una tesis doctoral, unas oposiciones a titularidad y unas oposiciones a cátedra para que me pagaran por aquello que hubiera hecho aunque no me pagasen, leer libros, que es lo que a mí me gusta.

¿Qué influencia tiene Granada en ello? ¿Qué significa Granada para ti? ¿Y la Universidad de Granada?

Granada es una toma de conciencia. Recuerdo que cuando leía a Lorca me emocionaba, pero cuando cayó en mis manos el libro del hispanista Ian Gibson sobre la muerte de Federico García Lorca en Granada durante la guerra civil, de pronto advertí que cuando caminaba hacia el colegio todas las mañanas, pasaba por delante de la casa de Fernando de los Ríos, el catedrático de derecho de la Universidad de Granada que había sido el maestro y el amigo de Lorca, el que se lo llevó a Nueva York, el que lo hizo responsable de La Barraca, un señor que se fue al exilio; y que cuando iba a la casa de mis abuelos, pasaba por delante de la casa de la familia Rosales, donde Lorca se escondió para intentar que no lo asesinaran. Y esa experiencia, para mí, es inseparable de la literatura, que es mirar lo que hay oculto en las palabras y en lo que parece superficial.

Y empecé, desde joven, a visitar la Huerta de San Vicente, la casa en Granada de la familia Lorca, donde este había escrito y había recibido las primeras amenazas. Y eso conectó de manera muy profunda a Lorca, mi experiencia con él y la experiencia con mi ciudad. Porque, de lo que yo hablaba era de la ciudad en la que había crecido, y me sentía unido a ella.

Después, como universitario en la Universidad de Granada, donde empiezo a estudiar en 1976, entro en una época de politización en la que la democracia que queríamos iba a ser algo más que votar cada cuatro años. Estando yo matriculado ya para empezar la Universidad, se celebra en Granada, en Fuente Vaqueros y en el Hospital Real, donde estudié el primer curso, el primer homenaje a Lorca cuarenta años después de su asesinato. Y ahí estábamos, rodeados de policía nacional. Fueron Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Núria Espert… Y fue muy emocionante. Cuando Fraga, que era entonces Ministro de la Gobernación, se dio cuenta de la dimensión política del acto, no se atrevió a disolverlo, pero sólo dejó permiso para que este, que iba a ser de dos horas, durase solo treinta minutos.

Y Manuel Fernández Montesinos, sobrino de Lorca e hijo del alcalde socialista de Granada que había sido fusilado en el 36, poco antes de Federico, salió al escenario y dijo: “después de cuarenta años de silencio, nos dejan media hora de libertad”. Y yo, que estaba allí como un estudiante que empezaba y como lector de Lorca y de Blas de Otero, me acerqué a él y le dije: “por personas como usted, estoy en un acto como este”, a lo que él me contestó: “hijo mío, ojalá algún día puedas perdonarme”. Y mi vida ha sido repetirme una y otra vez delante del espejo que no tengo ningún motivo para perdonarlos, sino que solo tengo motivos para darles las gracias, porque yo me siento poeta y, además, me siento útil y comprometido con mi sociedad como poeta.

Con respecto a la universidad, Granada es una ciudad muy cultural, una ciudad con doscientos y pico mil habitantes y una universidad con unos setenta mil estudiantes, que es uno de los corazones de la ciudad, no ya solo cultural, sino también económico. Y estudiar en Granada ha supuesto formarme en un mundo en el que la cultura iba definiendo la propia personalidad. Acabo de publicar en Visor la reedición de unos artículos míos de los años 80 y 90, que se titula El realismo singular, y en el prólogo explico que, junto a esos artículos, me iba haciendo profesor y poeta.

Ya decía que una democracia no es solo votar cada cuatro años, sino mucho más. Por ejemplo, para mí la memoria histórica fue fundamental, y eso justificó mi dedicación a las humanidades. Yo quería estudiar qué había sido de García Lorca, de Machado, que murió en el exilio, o de Rafael Alberti, que después de muchos años de exilio, cuando yo estudiaba, volvía con María Teresa León para participar en la democracia española. Hice mi tesis sobre Alberti, nos hicimos amigos y me formé poéticamente en Granada, con un profesor, Juan Carlos Rodríguez, que me ayudó a conectar mi mirada sobre las humanidades y la literatura con mi conciencia política.

En este sentido, Machado jugó un papel fundamental, fíjate, porque en su Juan de Mairena elabora algo que ya había hecho en algún artículo. Machado piensa que la historia no solo pasa por los grandes acontecimientos políticos, como unas elecciones, sino que pasa también por los sentimientos, porque todos tenemos una sentimentalidad, que es una estación, y entonces, si queremos conocernos, tenemos que saber en qué historia nos hemos educado. Así, leyendo a Machado aprendí que una democracia era algo más que votar cada cuatro años, algo más que acordarme de Rafael Alberti, de Lorca, de Machado, etc. Porque, para mí, en los años 70, cuando empezaba a escribir, la educación sentimental fue fundamental.

¿Qué digo cuando digo “soy yo”? ¿Qué digo cuando digo “te quiero”? Mi madre era una mujer estupenda que estaba estudiando filosofía y letras, literatura francesa, y quería ir a París, pero conoció a mi padre, se enamoró profundamente de él y, entonces, con las costumbres de la época, para una mujer, casarse era abandonar sus estudios, su trabajo y dedicarse a cuidar a sus hijos. Nosotros somos seis hermanos, nacimos uno detrás de otro y mi madre nos cuidaba, no pudo ir a París y no pudo acabar filosofía y letras. Hoy día hay mucha gente que no sabe que, cuando el matrimonio obligaba a las mujeres a pedirle permiso a sus maridos para cualquier cosa: abrir una cuenta en el banco, tomar una decisión, lo que fuera, tu marido te lo tenía que permitir.

Y, por eso, cuando yo empecé a escribir, conecté con la idea machadiana de lo que varios amigos llamamos la otra sentimentalidad: votar cada cuatro años, hablar en libertad de Lorca, pero también saber que la democracia es inseparable de una igualdad entre hombres y mujeres, de respeto a la diversidad, una poesía que sea capaz de preguntarse qué digo cuando digo “soy yo”, cuando digo “tú”, cuando digo “te quiero”. Y todo ese respeto a la diversidad y a la convivencia en igualdad es lo que está, en parte, en mi ilusión poética. Por eso creo que la poesía es inseparable del momento histórico en el que uno vive.

Luis García Montero y Laura García-Lorca, durante la entrega del legado in memoriam de Federico García Lorca en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. © Javier Lizón

Poeta entre poetas, con numerosos premios en tu haber, destacando entre ellos el Premio Nacional de Poesía, ¿Qué es la poesía para Luis García Montero? ¿Para qué –y no por qué– la poesía? ¿Por qué es tan importante lo social en ella?

Ahí se mezcla, una vez más, claro, mi experiencia como poeta y como profesor. Yo me educo y empiezo a escribir en un momento determinado en el que había habido una reacción de los poetas que, cansados de la poesía social plantean que ser moderno en España es buscar el esteticismo, la integración vanguardista, las formas y tal. Y yo, por el compromiso político que tenía, pensé “muy bien, las formas, la vanguardia, etc., pero eso no tiene por qué hacer que yo me separe de la realidad política y del compromiso político”.

Entonces, empecé a leer la poesía de posguerra y conecté con varios poetas fundamentales, como Jaime Gil de Viedma y Ángel González, algo que también conecta con Granada, porque había una ola poética en la ciudad, a principios de los años 80, de la que participó Jaime Gil de Viedma; y había también una universidad muy fuerte, y Ángel González, que era profesor en la Universidad de Nuevo México, vino a Granada como tutor de un curso en el que la Universidad de Granada, a través de un convenio con la de Nuevo México, acogía estudiantes de allí en nuestra ciudad. Y ahí se fue forjando una amistad que a mí me sirvió muchísimo, porque eran poetas que se habían educado en el mundo social, pero que no creían que escribir poesía social fuese repetir consignas políticas o hablar de la huelga general, sino también indagar en la tradición de Machado, al que le habían hecho un homenaje a los veinte años de su muerte, en Colliure, sobre la educación sentimental.

¿Cómo me he educado yo, como el niño burgués de Barcelona y con dinero o como hijo de una familia de víctimas en la guerra civil? ¿Qué es lo que hay de experiencia humana e histórica en mi educación sentimental? Y esa lección la recibí a través de estos poetas. Y para mí la poesía fue una forma de conocimiento y de hacerme preguntarme, porque una cosa es la sinceridad y otra tu verdadera opinión.

A veces, y ahora tenemos muchas pruebas de ello, podemos repetir muy sinceramente una mentira. Los bulos tienen tanta rapidez en internet porque la gente se los cree, porque están hechos para ser creídos. Y la gente que los repite no está mintiendo, está repitiendo esa mentira. Creo que todo eso tiene que ver con la relación ante la vida y con nuestra propia conciencia. Al pensar qué digo, voy a ver si soy dueño de mi conciencia y llego a comprender que mi libertad tiene que ver con poder pensar lo que digo, no solo decir lo que pienso. Y esa es para mí la poesía como forma de conocimiento.

A partir de ahí, mi dedicación a la poesía, a la universidad y a estudiar durante años a García Lorca, me lleva a los poemas de Poeta en Nueva York, donde Lorca está viendo el fracaso de Wall Street, la crisis de 1929, la existencia del racismo, las desigualdades, los peligros que se vislumbraban en el horizonte ante el surgimiento de los fascismos, lo que iba a ser la Segunda Guerra Mundial… Y Lorca dijo que, de pronto, la luz ––la iluminación, el conocimiento, la ilustración, etc– es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Y uno piensa: “un momento, ¿qué es esto de una ciencia sin raíces?” Y uno se acostumbra a sentirse humanista cuando defiende la cultura, en la que cabe la ciencia. Qué tontos los que se meten con la ciencia y la técnica. Yo, que me he pasado la vida escribiendo, pues recuerdo cuando hice mi tesis doctoral en una máquina de escribir, lo tedioso que era corregir las cosas… qué bien, con un ordenador, que cambio lo que me da la gana cuando me da la gana. Qué tontos…

Pero, cuidado con despreciar las humanidades, porque una ciencia o una técnica sin raíces hace que el conocimiento humano avance en favor de los mercados, de los negociantes y de los que quieren ganar dinero. Y para mí, en el progreso, la ciencia, la técnica y las humanidades son inseparables si queremos que el conocimiento trabaje al servicio de la dignidad del ser humano. Y eso es también la poesía para mí, la metáfora de unas humanidades que defienden la cultura y la palabra en un ámbito de especuladores y explotadores, con un ámbito de gente que quiere convivir en un mundo que respete la dignidad humana.

Quienes dicen que toda la poesía social es mala, se engañan, porque hubo poesía social muy buena. Se engañan también quienes reducen lo social a consignas políticas, porque pensar sobre lo que significa el amor, la condición masculina, la condición femenina… todo eso tiene una dimensión histórica y social muy importante: la intimidad es historia y la historia es determinante en la configuración de la intimidad, algo que nos enseña muy bien la historia de la literatura.

Piensa, por ejemplo, en Gonzalo de Berceo (1196-1264) y Garcilaso de la Vega (1491/1503-1536). Si el primero se veía a sí mismo como siervo de Dios y pensaba que lo hacía cuando escribía era glosar la voluntad de un ser esencial superior, que es el que dictaba la verdad; el segundo, que sabía qué era escribir poesía, cuando escribe “mi alma os ha cortado a su medida; por hábito del alma misma os quiero; cuanto tengo confieso yo deberos”, lo que dice es que tiene una intimidad, que reconstruye su vida de acuerdo a su propia intimidad, que su alma tiene que ver no con una verdad esencial sino con la capacidad de sentir el amor que siente por los demás, y su confesión no es una confesión de pecado, sino la capacidad de establecer un diálogo entre sujetos que se cuentan su vida, como en este soneto, que es una declaración de amor.

Y estudiándolos podemos ver cómo se pasa de un pasado en el que no había sujetos libres –sino siervos de la voluntad de Dios– a un sujeto humano que se cree con derecho a dominar su propia vida. Eso es lo que enseña la historia de la literatura. Por eso, en el siglo XXI, cuando quiero opinar sobre el amor, mi relación con una máquina o mis paseos por la ciudad, compruebo que esto es propio de la experiencia de un señor que vive el siglo XXI, que mi identidad forma parte de mi historia, y por eso creo que la poesía es un buen ejercicio de conocimiento.

¿En qué situación se halla actualmente la poesía en español? ¿Crees que tiene el reconocimiento que merece?

La poesía en español está bien, y eso es algo que tiene muchos matices. Si nos atenemos a los intereses del mercado, donde se le da mucha importancia a los superventas, la poesía no es best-seller. Yo he sabido distinguir las novelas de calidad y de no calidad, sobre todo por sus matices. Hay poesía y novela que tiene mucha calidad y se vende muy poco, pero también hay novelas, sobre todo, con mucha calidad que se venden mucho también. Con la poesía pasa lo mismo, entran los matices.

En la época que vivimos, la relación de la intimidad con lo público es muy importante porque las redes sociales nos han acostumbrado a sentir algo y colgarlo enseguida para conocimiento de los demás. Eso es algo que le ha dado un gran protagonismo a la poesía, lo cual me parece bien. Pero hay una gran diferencia entre quienes se mueven por las consignas de las redes sociales y quienes se han preocupado de leer a Baudelaire, Pessoa o García Lorca, porque gran parte de las cosas que se leen y se reproducen en las redes sociales son más bien consignas que parecen campañas publicitarias… Esos son los matices, ahí están. No hay que despreciar la cultura que se mueve en las redes, pero hay que saber que hace falta una preparación cultural para trascender lo anecdótico, y eso lo da la lectura y la poesía.

A partir de ahí, yo me apruebo a mí mismo cuando digo que tengo que defender la poesía española, eso sí, sin autocomplacencia, pues se podría prestar mucha más atención a la poesía. Pero, por ejemplo, en la poesía en español, la poesía que se escribe en México, Colombia, España, etc. detecto mucha calidad y, además, veo que hay poesía que sabe conectar con la gente, algo que no ha pasado, por ejemplo, en Francia, donde los poetas se encerraron mucho en sí mismos y perdieron el contacto con la gente, pues no trataron de manera personal el lenguaje de todos, sino que hicieron un lenguaje poético, lo cual supuso una desconexión con el público.

Pero bueno, las conexiones de la poesía con la realidad son estupendas. Y aplaudo y disfruto de un buen número de cantautores y cantautoras que tienen sus letras escritas con mucha experiencia y mucha calidad poética. Eso ayuda mucho, como hizo la gente de mi generación, pues igual que hubo artistas fundamentales, hoy día existen autores y autoras que escriben y hacen poesía de calidad, lo cual también es muy importante en el ámbito cultural.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.
Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

¿Qué es el Instituto Cervantes y por qué es importante? ¿Qué hace?

El Instituto Cervantes se fundó en 1991. Es una institución muy joven, sobre todo si se compara con las instituciones europeas hermanas –la Alianza Francesa es de finales del siglo XIX, como el Dante de Italia, el British Council es de principios del XX y el Goethe empezó a principios de la década de 1950–. Y se crea tarde porque es una institución inseparable de la democracia. Su idea es divulgar la cultura española y la cultura en español, es decir, la cultura escrita en lenguas españolas –en las que entran el catalán, el gallego y el euskera– y en español –no solo la española, sino también la mexicana, la guineana, la colombiana, la argentina, etc–.

Eso era inviable en el franquismo porque, con la dictadura, la cultura española tenía que ser en español y había que borrar el resto de lenguas, y cuando se pensaba en el español, de manera muy mentirosa, porque España pintaba poco, se hacía sobre la base de la cultura que defendía que España había conquistado América y que era la dueña del idioma. El Instituto Cervantes nació cuando se reconoció la diversidad de España y cuando este país empezó a hermanarse con la cultura latinoamericana sin ningún tipo de imperialismo.

Los españoles somos el nueve por ciento de los hablantes de un idioma que tiene más de quinientos millones de parlantes. Y, en ese sentido, el trabajo del Instituto Cervantes es, como te digo, conectar la cultura española con el gran horizonte español y latinoamericano. Por ello, enseñar idiomas no se limita únicamente a enseñar un vocabulario, sino también a educar en los valores que consolidan una comunidad forjada a lo largo de la historia. Se dan clases de español en todos los países, pero, al mismo tiempo, nos involucramos en la presentación de los libros, los escritores y las escritoras en español –sin discriminar a nadie por su procedencia–, y nos involucramos en la traducción del español a otros idiomas, en los ciclos y los festivales de cine en español, la música en español y sus festivales o el arte en español y sus exposiciones. Y en eso estamos trabajando, sabiendo que enseñar un idioma va más allá de enseñar un vocabulario y defendiendo tanto nuestro idioma como todo cuanto cabe en nuestras palabras.

¿Con qué otras instituciones colabora en el cuidado de la lengua española?

Institucionalmente, en el Patronato del Instituto de Cervantes están el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Educación y el Ministerio del Interior. Después, firmamos un convenio de colaboración con el Institut Ramón Llull de la Generalitat de Catalunya, el Etxepare Euskal Institutua del Gobierno Vasco y el Consello da Cultura Galega para colaborar en la promoción del resto de idiomas de España. Y luego tenemos convenios con más de mil universidades y numerosos centros culturales de todo el mundo porque, a la hora de enseñar español, certificar el conocimiento en español y la calidad de quienes se dedican a enseñarlo, y formar profesores es muy importante tener relaciones con otras instituciones. Son muchos los convenios que, a lo largo de estos años, vamos firmando.

Cuando se hace el análisis del trabajo del Cervantes, pronto salen datos que me impresionan. Porque, de pronto, ves que, al día, casi todos los días, hay unos cien actos en los que participa el Instituto Cervantes –organizándolos o colaborando con otros proyectos–. Tenemos presencia en más de cien ciudades, y en todas ellas hay siempre alguna actividad cultural. Este año se mantienen convenios con mil cuatrocientas cincuenta universidades. Y me encanta decirlo porque todas estas cosas son un claro indicador de la fuerza de esta institución.

¿Cómo se gesta tu conversión en director del mismo? ¿Cuáles son tus funciones?

Yo soy catedrático de filología española de la Universidad de Granada, participé en el Patronato de Cultura de Andalucía, fui decano en la Facultad de Letras de la Universidad de Granada, había sido director del Centro de Actividades Culturales La Madraza de la Universidad de Granada, etc. y, debido a mi intención militante de unir la cultura con la sociedad, también me formé en la gestión cultural –organizando actividades culturales para que lleguen a la gente–. Y cuando se forma el primer gobierno de Pedro Sánchez y me llaman para proponerme ser director del Instituto Cervantes, lo veo como una gran ocasión para con ese mundo con el que yo me sentía comprometido. Además, conocía bien al Cervantes porque, desde su fundación, he colaborado constantemente con este organismo, he hecho muchas cosas junto al mismo, he viajado mucho con él y es una institución que me encantaba.

Luego, cuando me convertí en su director, descubrí el otro lado del Instituto. Porque, cuando viajabas y te invitaban a hacer cosas junto al Cervantes, solo veías las cosas bonitas. Pero cuando me hice director, empecé a ver los problemas de presupuesto, los problemas de plantilla, los problemas de la gestión cultural, etc. y sentí los problemas de una institución como la del Cervantes por dentro. No obstante, aun siendo muchos los problemas, porque uno vive al día –cuando se da el caso de que hay que intentar evacuar la plantilla en el Líbano porque hay bombardeos, hay que pensar qué solución se da en Moscú porque se expulsa al director del instituto en Moscú junto a varios diplomáticos europeos, hay que replantear la relación con Palestina o el centro de Tel Aviv o es necesario cubrir veinte plazas para las que no hay presupuesto–, el compromiso cultural de una institución como la del Cervantes me parece fundamental para seguir defendiendo nuestro idioma como un referente de los valores democráticos, de los derechos humanos y del respeto a la diversidad, que no se ha borrado con ninguna hegemonía.

Ahora estamos sufriendo los insultos de Donald Trump al español y la persecución de los hispanos, y por eso está muy bien que exista una institución como el Cervantes, que defiende que el bilingüismo es una riqueza, que es estúpido quien desprecie tanto el español como el inglés, que no hay que defender la hegemonía de una identidad cerrada, sino una identidad abierta que respete la diversidad. En ese sentido, no hay un lenguaje hegemónico, somos europeos, Europa fundó el Día de las Lenguas el 26 de septiembre para celebrar que existen veinticuatro lenguas oficiales y que hay que trabajar para mantener, no el autoritarismo de una lengua hegemónica, sino la riqueza de las lenguas maternas con las que convivimos.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

¿Qué tal la salud del español? ¿Cómo ves su futuro a corto-medio-largo plazo?

Con orgullo, pero sin autocomplacencia, somos quinientos millones de hablantes nativos de español, seiscientos si contamos a las personas que estudian español, que se estudia mucho en Europa y en Estados Unidos. Y digo sin autocomplacencia porque la importancia internacional del español se debe a la demografía latinoamericana. Somos el segundo idioma de hablantes nativos después del chino mandarín. Pero eso es algo que no se va a mantener para siempre porque, en la medida que crezcan la democracia y la madurez económica en Latinoamérica, la demografía se limitará, llegando esta a cuadriplicarse en otros territorios, como, por ejemplo, los países del África Subsahariana.

De lo que se trata es de tomar conciencia de la importancia del español, de lo que significan los quinientos millones de hablantes de español, tanto en el mundo como en Europa, donde la mitad de los cien millones de hablantes de español viven fuera de España. A partir de ahí, es verdad que somos muy importantes, pero la cultura es fundamental y, cuando hablo de la cultura, no solo lo hago como catedrático de la literatura de Miguel de Cervantes y el Quijote porque para la cultura en español son también muy importantes las películas y las series de televisión, y las canciones de la música hispana.

En nuestros estudios en filología, a veces, se habla, al analizar del interés del español en tal país, del Efecto Ricky Martin, porque una música popular lleva a la gente a interesarse por el español; del Efecto Real Madrid-Barcelona, porque lo que más despierta el interés por España en Japón es la liga de fútbol española; o del efecto de una serie de televisión como La Casa de Papel, que llevó a mucha gente a interesarse por el español.

Y hay algo más, no basta solo con la cultura, nuestro futuro depende también de la ciencia y la tecnología, pues es muy importante conseguir la unidad en el mundo universitario, científico e investigador en español para hacer de este una lengua de ciencias y una lengua de tecnología. Tenemos que participar en todo lo que es la conformación tecnológica, la inteligencia artificial, el lenguaje de las máquinas, etc. porque eso nos sitúa en el mundo y, además, nos sitúa dentro de los valores democráticos. El español va mucho más allá del vocabulario porque, claro, una máquina puede estar programada para dar información objetiva, buena y humana, pero también puede estar programada para generar sesgos machistas, racistas o prepotentes, y conviene mucho también estar presente en las transformaciones digitales, tecnológicas, etc. para hacer presente el español y hacer presentes los valores democráticos.

¿Hasta qué punto deberíamos, como planteó Gabo, jubilar la ortografía y dejar de meter en cintura nuestra lengua, que es una de las más ricas, vivas y dinámicas del planeta?

Sí, esas palabras las dijo Gabriel García Márquez en el Primer Congreso Internacional organizado por el Instituto Cervantes en Tokio. Ahora, en octubre, tenemos la décima edición del Congreso, que será en Arequipa. La conferencia dio mucho que hablar. A mí, lo que me gusta es que, en esa conferencia, hay un respeto a la diversidad. Yo soy andaluz, vivo en Granada y, de niño, parecía que los andaluces hablábamos mal el español, que solo se hablaba bien en Salamanca o en Valladolid… No, en Salamanca se habla el español de Salamanca, en Valladolid el de Valladolid, en Granada el de Granada, y así territorio por territorio. La defensa de la diversidad me parece muy importante.

Creo que lo que más importante, y eso es algo que la filología ha estudiado desde Andrés Bello, desde la Gramática castellana destinada al uso de los americanos, es que la diversidad pueda convivir con la unidad, porque sería muy peligroso que al español le pasara lo que está pasando con el portugués, donde el portugués de Brasil cada vez tiene menos que ver con el portugués de Portugal y cuesta trabajo entenderse. Es una verdadera maravilla llegar a México, Argentina, etc. y entenderte perfectamente, más allá de las diferencias que hay en el español de cada territorio, matices de la diversidad que no rompen la unidad.

Lo que sí me preocupa de la conferencia del Gabo es que podamos alentar dinámicas que faciliten la ruptura de la unidad. Porque la escritura es un punto de unidad y los hablantes lo saben. No es lo mismo la comunicación en un grupo de amigos que la comunicación en el trabajo o con la familia, en cada esfera se escribe de una manera. Y la conciencia de esa diversidad de ámbitos se sostiene también en la conciencia de una escritura pública que pertenece a todo el mundo. Por ello, a mí me parece que, sin ser un obsesivo de la corrección, está muy bien mantener una ortografía que asegure el entendimiento en un espacio común de un idioma que se mantiene en su unidad.

El lenguaje materno está muy vivo, y existen muchas palabras que representan la realidad de nuestras tierras. Más que borrarlas, hay que integrarlas en una comunicación más amplia, sí. Después, utilizamos palabras que nos inventamos y nos llegan de otro idioma, y tampoco hay que preocuparse, porque si son palabras que tienen algo que decir de verdad, permanecen, y si no, pues se quedan en una ocurrencia, una dinámica cultural que a los cuatro-cinco años desaparece, y no pasa nada. Los diálogos entre unidad y diversidad, entre comunicación y expresividad, entre los conceptos familiares, regionales e internacionales son dinámicas que el español, por fortuna, y eso es parte de nuestro trabajo, están funcionando.

¿Cuándo y cómo abordaremos el gran poso patriarcal del que adolece? ¿Qué piensas con respecto al uso de la –e para fortalecer el lenguaje inclusivo?

Mira, yo aquí te hablo, con el corazón en la mano, de mi experiencia personal. Yo tomé conciencia muy pronto de todo cuanto hay con respecto a la unidad, la diversidad y los derechos, que es muy importante. Y creo que la cultura debe comprometerse con la sociedad y acompañarla. Entonces, más que dar normas, te explico mi vida. Creo que lo importante es transformar la sociedad y creo que las palabras transforman la sociedad. Y por eso es muy importante pensar en ellas. Por ejemplo, hubo un momento, cuando hablaba con mi alumnado, en el que tenía que hablar de mis alumnos y mis alumnas. O, cuando hablaba y me dirigía a todos, tenía que decir todos y todas, porque me sentía incómodo sino incluía la presencia de las mujeres.

En ese sentido, creo que tener presente el lenguaje inclusivo es muy importante. Dejé de utilizar la fórmula de los Derechos del Hombre para hablar de los Derechos del Ser Humano. Y cuando escribo un artículo, intento no poner ciudadanos, sino ciudadanía, porque eso integra mucho mejor.

A partir de ahí, te sigo contando mi experiencia. Mi madre es una señora que se educó en el franquismo y dejó de estudiar porque se dedicó a cuidar a sus seis hijos, y cuando vio que sus nietas crecían, comprendió la importancia de luchar por la igualdad de sus nietas y sus nietos. Entonces, fue reconociendo cosas que antes no admitía y que tienen que ver con el compromiso con el feminismo. En este sentido, vuelvo a Antonio Machado, pues otro de los consejos que daba a los demócratas era el siguiente: tened cuidado, porque, a veces, un paso irresponsable supone cuatro pasos para atrás, y cuando se dispara una escopeta, el cañón y la escopeta tienen una repercusión y te echan para atrás.

Así las cosas, yo, que intento trabajar con un lenguaje inclusivo, trato de no alejarme mucho de las transformaciones posibles que podemos ir contestando con la sociedad. Decir nietos y nietas incluye a mi madre en mis ilusiones por el feminismo. Pero si digo la palabra nietes, a lo mejor le gusta a mi hija pequeña, pero la consideración de mi madre es que las personas feministas somos gilipollas, que no estamos bien de la cabeza y que esto es una tontería y una ocurrencia de cuatro locos, porque ella no tiene nietes, tiene nietos y nietas.

Por ende, hay que saber muy bien en qué contextos se utilizan las cosas a la hora de utilizar las palabras. Y, por ello, para no decir ciudadanos, yo digo ciudadanía, pero no escribo nietes. Por eso, me preocupo cuando Trump arrasa en Estados Unidos, y lo hago porque una parte muy importante del voto está en que hay gente que ha conseguido falsear la realidad diciendo que el feminismo es una bandera que va contra los hombres y contra la razón, y que es irracional. Y ese es el contexto que yo mantengo a la hora de defender las causas en las que yo creo, entre ellas el feminismo, y por ese contexto digo alumnos y alumnas, pero no digo alumnes, no sé si me explico. Eso es lo que acerca más a esa doble necesidad de vigilar el lenguaje y transformar la sociedad, pues es un peligro que el lenguaje se separe de la sociedad.

Luis García Montero, director del Instituto Cervantes.

Y a vueltas contigo, para ir cerrando, ¿qué queda del Luis García Montero que empezó a fluir a través de la palabra? ¿Qué le queda por hacer?

Pues mira, me gusta la poesía, me siento poeta y, a la hora de explicarme con el mundo, con lo que le pasa al mundo, con lo que me pasa, con las cosas que suceden, pues la poesía sigue siendo un medio de conocimiento y lo que me permite encontrarle sentido a la vida. Es verdad que un trabajo de este tipo te quita mucho tiempo, que es muy difícil hacer un ensayo, un libro o hacer investigación, pero los poemas te acompañan, en un viaje, en un avión, en la cabeza llevas una libreta en la que escribes cosas… Puede haber una negociación una noche de hotel, un cambio de horario en el que te despiertas a las cuatro de la mañana, pero no tienes cita hasta las diez de la mañana, y ahí mantengo mi relación con la poesía. Uno no pierde la vigilancia. Un poeta tiene que verse siempre con ojos de corrector, porque como se mire con ojos de admiración, ya está perdido… Son tontilocos los poetas que se leen a sí mismos y piensan: ah, qué bien escribo. A mí, en esta situación, me interesa mucho más tener la conciencia de no mezclar las cosas, de buscar el sentido de la poesía.

Con respecto al futuro, mira acabo de terminar un libro, lo he metido en un cajón y me he puesto la tarea de no sacarlo de ahí hasta el 31 de diciembre de 2025, porque quiero empezar el día 1 de enero del 2026, en un año distinto, a leer lo que he escrito, ver lo que se ha repetido, ver lo que hay de bucle y ver qué cosas nuevas puedo añadir a este libro para que no sea igual al que publiqué en 2022.

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