Doce más una ya –no por superstición, sino porque la primera fue la cero–, en este viaje con Teslem Andala Ubbi, más conocida como Tesh Sidi, ingeniera informática, activista anticolonialista y diputada en el Congreso.
RIZOMAS es un proyecto de Pedro José Mariblanca Corrales, historiador, filósofo, periodista y unas cuantas cosas más… Con un claro guiño a la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari –en la que la heterogeneidad, la diferencia, las multiplicidades, el encuentro, la ruptura y las líneas de fuga son las principales armas para escapar del mundo que vivimos y construir posibles en él–, éste ha sido concebido para conversar y aprender con las personalidades más importantes de la cultura, el saber, la ciencia y la técnica.
Hablar con ella es aprender constantemente. De la vida, de la historia, del contexto actual, del futuro, de todo lo que representa, de todo cuanto defiende y de la gran multiplicidad de realidades en las que se mueve con inteligencia, soltura y desparpajo. Con ustedes, Tesh Sidi.

Diputada, de las más jóvenes del Congreso y con una vida más que intensa, miras al pasado ¿y en qué piensas? ¿Cómo ha sido el viaje?
Creo que nunca he mirado atrás. Siempre he vivido, más bien, en el futuro, lo cual tiene su parte positiva y su parte negativa. La parte positiva es que es complicado coger a Tesh desprevenida, pero eso es algo que, creo, le ha pasado y le pasa a muchas personas que han nacido y han vivido en situaciones de conflicto. Y esa parte positiva viene de la negativa, porque yo he nacido mayor, y cuando la gente pregunta que por qué me he dedicado a la política… es que soy un sujeto político prácticamente desde que nací, pues, cuando tienes que ganarte el agua, el pan, la comida y el derecho a moverte libremente –uno de los derechos más importantes del ser humano– desde que has nacido, y has tenido que ser previsora para tener garantizados esos derechos, eres un sujeto político.
El caso es que nunca me he parado a pensar en estas cuestiones, ni he tenido tiempo para ello. Supongo que la Tesh de ochenta años podrá parar y decir: “ostras, cuántas cosas, qué camino”. Pero, ya te digo, la sensación es que vivo en el futuro porque siempre he sido una persona muy previsora, siempre con cuarenta planes. Y esto es así porque nunca me pongo en lo peor y soy extremadamente idealista y positiva, creyendo constantemente que todo es posible.
En este sentido, lo importante en este viaje no es haber terminado una ingeniería en informática, haber sido directora de un banco con veinticinco años, ni haber llegado a la política institucional. El verdadero reto ha sido salir de un campo de refugiados. Y el recorrido ha sido tan complejo como agotador –porque he tenido que tenerlo todo siempre bajo control, no he podido dejarme llevar nunca por el azar y, siempre guiada por la justicia, he sido muy luchadora–, pero también muy positivo, por todo cuanto he aprendido en el trayecto.
Desde muy pequeña, yo venía a España con el Programa Vacaciones en Paz, con una familia de acogida. Y, bueno, estuve viniendo varios veranos con mi hermano mellizo y, a los doce años, me quedé para estudiar aquí. Desde entonces, mi vida se llenó de contrastes porque transcurrió entre dos familias súper conservadoras, la de acogidamuy católica, la saharaui, musulmana; la primera con un poder económico muy alto, la segunda pasando hambre… Y crecer entre esos dos contextos, siempre escuchando las típicas preguntas –¿Qué te gusta más, la vida aquí o la de allá? ¿Qué te gusta más, el Sáhara o España?–, pues, imagínate, causó en mí una crisis identitaria muy grande.
A los dieciocho años, cuando me echaron de casa por intransigente, me puse a estudiar medicina, porque quería ser dentista, ya que los saharauis tenemos un problema en los dientes por el agua que bebemos –la fluorosis– y yo quería ser útil a mi pueblo. Pero tuve otra crisis porque yo, en realidad, no quería ser doctora, y no me gustó la carrera ni la gente que la estudiaba, que era muy elitista… Y, como los idiomas se me dan muy bien, me cambié a traducción e interpretación, pero, lo mismo, aquello estaba petado de gente que no me gustaba, y me di cuenta de que yo sabía muchos idiomas, pero que lo que conocía realmente era el idioma de la supervivencia, que no se mide en A, B o C.
Tras este periplo, acabé en ingeniería informática, pero sin saber dónde me estaba metiendo ni qué era eso. Y ahí encontré algunas de las herramientas más importantes para ser quien soy, todo ello en una época, la del gobierno de Mariano Rajoy y los recortes, en la que ser migrante era bastante complicado. Y es que, si al principio mi vida giraba en torno a los derechos fundamentales más básicos, a partir de entonces pasó a la de los derechos civiles porque, al ser migrante, mis opciones para obtener una beca eran nimias, y era súper complicado compaginar el trabajo con la carrera, que ya estaba integrada en el Plan Bolonia, pues si trabajabas no asistías a clase y, si no asistías a clase, suspendías y te quedabas sin beca, y todo era un círculo vicioso, el del quiero y no puedo. Por ello, cuando alguien, hablando sobre estas cuestiones –las becas, los estudios y la universidad– me trae a colación la famosa meritocracia y me dice que la represento a la perfección, yo siempre respondo muy indignada que no porque no quiero que nadie pase por lo que yo he pasado, que soy una entre un millón, y los novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve restantes que se han quedado tirados se lo merecen igual o más que yo. Y por eso no hay que romantizar la pobreza como, tristemente, hace mucha gente aun…
Cuando ya gano los derechos civiles y termino la carrera –durante la cual me acordé muchas veces de cuando era pequeña y de todas las dificultades que teníamos para estudiar en el Sáhara, donde si se te rompía la punta del lápiz y no tenías sacapuntas, como pasaba muchas veces, ya no podías hacer tu tarea, aunque fueses la persona más válida del mundo para estudiar, algo en lo que las herramientas son tan importantes o más que la voluntad–, me vine a Madrid porque no me podía ir fuera de España, como sí hizo una buena parte de mi generación en aquella época, en la que el mercado laboral del país estaba bastante mal.
Pero bueno, por suerte, había estudiado una carrera muy útil y muy bien pagada, y cuando encontré trabajo, encontré un trabajo en condiciones que me permitió tener una vida digna sin preocupaciones económicas. No tuve infancia, no tuve adolescencia, ni vida universitaria. Y después de terminar la carrera, en 2020, mi país entra en guerra. Y yo, que no era médica, ni traductora, ni nada de lo que había pensado para ayudar a mi país, me puse a pensar qué podía hacer para ser útil al pueblo saharaui porque, hasta entonces, pensaba que era inútil.
Y creí que lo mejor y más oportuno era hacer bots en Twitter, que es lo que había hecho en mi Trabajo de Fin de Grado, que versaba sobre el lenguaje natural y el funcionamiento de las cámaras de eco de opinión en redes sociales, y monté un medio de comunicación súperchulo –Saharawis Today–.
Empiezo a politizarme y a visibilizar mi politización –porque, hasta entonces, yo no había hablado del Sáhara, ni había tenido redes sociales–. Y me metí de lleno en ello, aun siendo ingeniera de datos –labor que ejercía en el Banco Santander, donde tenía un puesto extraordinario con un salario de categoría–, porque, a pesar de la buena vida que tenía, sentía que tenía que actuar así y no dejarme llevar por los privilegios adquiridos. Y así empezó mi activismo y mi comunicación política en redes sociales, cuando los podcasts y los likes empezaban a estar en auge.
Luego vino el reconocimiento de Pedro Sánchez a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, que me politizó aún más. Y entonces, Manuela Bergerot, actual portavoz de Más Madrid en la Asamblea de Madrid, vio un vídeo mío en Tik Tok que se viralizó, y el partido me fichó, lo cual fue una verdadera locura, pues yo jamás he militado en ningún partido, porque soy saharaui y los saharauis creemos en movimientos de liberación y consideramos que los partidos políticos no representan a la población, sino ideas; y cuando estás bajo ocupación necesitas algo que aglutine mayorías. Y mira, iba a ir a las autonómicas, pero, finalmente, y por azar, terminé en las generales, por delante de Iñigo Errejón e Ione Belarra, pasando de ser una persona completamente desconocida a ser la número tres de Yolanda Díaz y la número uno por Más Madrid en el Congreso de los Diputados.
Como te decía, una locura. Así, empecé a trabajar sobre cuestiones relacionadas con la exclusión premeditada del sistema administrativo español contra los migrantes –y, en especial, contra el pueblo saharaui–, el feminismo y la lucha de las mujeres en contextos árabes, una vez más sin romantizar nada –porque no tengo ningún problema en decirle no al hiyab, ni en reconocer que en mi país hay machismo–. Y luego, como había tanta disputa entre la izquierda, me vi en medio de la guerra civil que se desató en ella, con todo el mundo preguntando que quién era y qué iba a aportar, etc., opinando gratuitamente sobre mi persona y echándome en cara que si el 15M que si no sé qué.
Y, bueno, tuve que cabalgar incluso sobre mis propias contradicciones ya que, como saharaui, tuve que votar a favor de la investidura de Pedro Sánchez, lo cual fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Porque vi cómo dejaba a un lado la Tesh activista para comprender cómo funciona la política en un país colonial y meterme en la institución para desarrollar, dentro de ella, la resistencia de otra manera. Porque no soy una simple política ciudadana española, pues, mucho más allá de los intentos por encasillarme como una política que solo habla de la cuestión del Sáhara, también soy economista, puedo hablarte de la vivienda –porque me afecta igual que a mis vecinos–, de la precariedad laboral –porque sé lo que es fregar váteres–, te puedo hablar de la precariedad en el ámbito de la investigación –porque sé muy bien lo que es no tener una beca para subsistir–.
Y lo que más me ha costado con la izquierda ha sido eso, hacerle ver que los migrantes no tenemos que hablar de cosas de migrantes, ni los gays de cosas de gays, sino que representamos a las mayorías sociales. A mí me atraviesan tantas cosas que, claro, te puedo hablar hasta de cómo se hace un Bollycao.
Por eso, en los espacios de las izquierdas, muchas veces pecamos a la hora de comprender que los derechos humanos son muy amplios. Y esta soy yo, muy resumidamente, pero también muy intensamente. Porque quería explicarte quién soy, tanto biográfica como metafísicamente.

Anticolonialista; activista por los derechos del pueblo saharaui, de las personas refugiadas y migrantes; y feminista. Visto el panorama, ¿qué, cómo y cuánto queda por hacer para que todas estas luchas sigan hacia delante frente al capitalismo caníbal?
A ver, la mayor victoria del capitalismo frente a la clase obrera ha sido la de haber construido el relato de las luchas categóricas. Al principio, yo venía del movimiento feminista panarabista, en el que la cuestión trans no se ha tratado tanto como merece, ¿no? En este sentido, lo que el capitalismo ha conseguido es que el feminismo sea cosa de mujeres, que lo trans sea cosa de las personas trans, y así con todas las luchas.
Ha creado la categoría “minorías”, pero es que esas minorías no son minoritarias. Porque no somos minorías. Yo soy mujer, migrante, valenciana –por lo que mí también me ha afectado la DANA–, ingeniera, etc. No soy una minoría, las colectividades de las que formo parte son mayorías sociales. Y lo que nos atraviesa, es ser puto pobres –y lo digo así para subrayarlo bien subrayado–, ni clase media, ni nada; somos pobres, la clase obrera y la mayoría social de este país.
¿Qué pasa? Que el capitalismo nos ha comprado –porque lo hemos vendido nosotros– que somos minorías. Y nos ha segmentado, nos ha dividido, nos ha atomizado… Por ello, necesitamos construir horizontes de mayorías basados en los derechos humanos. Y para ello, lo primero que tenemos que hacer es creernos aquello que defendemos, sin demoscopias ni electoralismos porque es fundamental tener horizontes ideológicos.
¿Cómo? Colectivizando las luchas, reivindicando la clase obrera, recuperando y cuidando la identidad en torno a la tierra –porque la tierra es del pueblo–, y luchando por la libre determinación de las personas –que no es solo territorial, por supuesto–. Hay que romper esos hilos y esas categorizaciones que hemos creado y que el capitalismo ha proyectado sobre nosotros. Efectivamente, un saharaui va a hablar mejor de la cuestión del Sáhara que un blanco, pero lo suyo es que el blanco se vaya también apoderando del discurso y no sea como los falsos aliades que se aprenden el discurso feminista y luego ya tú sabes…
Hay que recuperar los horizontes de ideas que hemos perdido durante todos estos años y dejar de ser pesimistas. Hay que construir horizontes de esperanza. Y eso no es estar en los mundos de yupi. No podemos estar llorando y quejándonos constantemente, ni ser tan pulcros, tan tiquismiquis y tan moralistas. Y tenemos que reconocer que nos equivocamos. Solo con eso, ya hemos ganado algo.
Licenciada en Ingeniería informática, con un Máster en Big Data e Inteligencia Artificial, ¿qué piensas sobre el orden de las cosas actual que ha surgido tras el nuevo salto de gigante que ha dado la tecnología? ¿Se nos ha ido de las manos?
A ver, yo soy tecno-optimista, en el sentido de que he hecho y hago cosas preciosas gracias a la tecnología –como, por ejemplo, agilizar el curro de la gente que me rodea–. Me emociono muchísimo cuando personas mayores que yo aprender informática conmigo, he sacado métricas de mercado chulísimas, he hecho proyectos maravillosos, hago ingeniería de datos de la política, he agilizado muchísimas cuestiones, etc.
Y todo eso me ha ayudado a pensar mejor sociológicamente hablando y hacer grandes cosas. Además, ¿cuántas personas nos hemos unido y nos hemos conocido gracias a las redes sociales?
¿Qué pasa? Que, de nuevo, el capitalismo ha capitalizado la palabra Inteligencia Artificial, como pasó con el concepto de Big Data –que se fetichizó tanto que todo el mundo quería Big Data y el mercado y sus principales actores, que eran muy pocos, lo aprovecharon para beneficiarse de ello a costa de muchos–. Uno de los mayores logros del capitalismo y el marketing en este sentido ha sido construir aplicaciones pintándonos que son fáciles, pero estos sistemas de Inteligencia Artificial los sustentan muy pocas personas.
Es decir, yo te puedo hacer un algoritmo, pero no va a tener el impacto que han tenido las inteligencias artificiales que predominan en la actualidad porque necesita tantos recursos y tanta pasta detrás que por eso dominan los algoritmos y los modelos que gobiernan el mercado. ¿Y quién puede permitirse eso?
Detrás de todo esto hay cuatro o cinco empresas. Ni los estados pueden competir con ellas… Podrían, sí, pero han preferido ceder el dinero de su ciudadanía a estas empresas en lugar de ofrecer una alternativa pública, favoreciendo la externalización y las subcontratas a proveedores.
Por eso, más que en lo que hay detrás, donde hay que poner el foco es en los servicios que se ofrecen, que pueden mejorar progresivamente la vida de la gente, como claramente demuestran las múltiples demandas de la sociedad que las inteligencias artificiales están solucionando. Lo chulo de la era en la que estamos es que se trata de una época en la que hay una gran fusión entre las ciencias sociales, las humanidades y la tecnología. Y creo que hay que subirse a ese barco.
Ahora bien, la IA es la bomba atómica de este siglo. Los debates que se están abriendo sobre ella están muy bien, pero los medios se están enfocando solamente en la punta del iceberg. Porque, ya te digo la IA es una bomba atómica. Me explico, Israel pudo explotar unos buscas de los 90 sin esfuerzo alguno, está entrenando modelos para asesinar palestinos todos los días y lo está consiguiendo –porque no deja de entrenar su modelo–. Y aquí entra una tercera derivada, que para mí es incluso más importante que la herramienta.
Hemos hablado del servicio y de la herramienta, la parte frontal y la parte backend, que diríamos los informáticos, y luego está la delegación de responsabilidad, la ética. En muchas empresas, se está utilizando la IA para sustituir los mandos intermedios.
Por ejemplo, en una empresa hay un director general que resuelve conflictos entre humanos, da el horario a los empleados y luego supervisa los riesgos laborales. Si tú delegas todo ese mando intermedio en un algoritmo, luego yo, como entidad jurídica, ¿cómo voy a pedir responsabilidades físicas a tu empresa? Y ahí hay un marco regulatorio y un marco de impunidad que, si no ponemos el acento en el ámbito laboral, en el ámbito jurídico, en el ámbito ético, etc, etc, etc., hará que la IA sea la bomba atómica del mañana.
Porque un modelo entrena tan rápido que, si el año pasado se cargaba a un palestino, ahora se carga a cien. ¿Cuántos se podrá cargar mañana este modelo que aprende vorazmente?
Si estos modelos de Inteligencia Artificial reciben el nombre de algoritmos voraces, será por algo, pues tienen una capacidad de aprendizaje brutal. Los algoritmos aprenden como los bebés de Platón, con las imágenes que les pones delante. ¿Qué pasa? Que si el algoritmo computa cada vez más imágenes por segundo y, a la vez, simula las neuronas humanas, pues imagínate todo lo que puede aprender… Porque aprende como un ser humano, pero computa como si juntaras todos los cerebros de la humanidad y todas sus experiencias.
Luego hay sectores por los que tenemos que preocuparnos desde ya, como es el caso del sector artístico y cultural, el sector de los servicios mecánicos, el sector sanitario –y su relación con las aseguradoras y el ámbito de lo privado, que pueden utilizar la IA a su favor para muchas cosas–. No me gusta ser alarmista, pero también tenemos que estar pendientes de estas cuestiones.
No obstante, sigo creyendo que la tecnología y la transformación digital son el elemento democratizador de este siglo, aquello que nos va a devolver el tiempo. ¿Tú sabes cuánto puedes ahorrar con la IA? Pues muchísimas horas. Ahora bien, ¿quién se está quedando esas horas? Pues el capital, otra vez. Tenemos que quedárnoslo nosotros como personas, no una empresa. Y este es, creo, el debate que la ciudadanía debe abordar y no ha abordado aún, no porque no tenga la capacidad de abordarlo, sino porque no se le ha explicado, ni existen espacios públicos de debate sobre tecnología para que decidamos colectivamente para qué la queremos.

¿Cuáles son los principales retos del ser humano con respecto a estas cuestiones?
Construir alternativas públicas. Tú puedes regular todo lo que quieras. De hecho, el marco regulatorio sobre IA que tiene la Unión Europea, que se va a aplicar aquí en España a partir de agosto, es brutal y súper bueno. Hay cosas que los activistas te dirán que requieren más trabajo, como la vigilancia biométrica, sí. En política, tú puedes ir a máximos, pero la realidad es la que es, y tampoco puedes avanzar más rápido que el pueblo al que representas.
El problema es que no hay alternativa pública. Yo puedo ponerle límites a Musk, a Starlink, a sus satélites y a todo lo que quieras, vale. Pero, ¿qué más? ¿Le quito a la gente Twitter e internet? Porque los satélites no van a funcionar bien. Hay que educar a la gente en la Inteligencia Artificial y hay que hacerlo a través de la educación pública, para enseñar a los niños a tener un criterio crítico, que puedan detectar qué es IA y qué no, qué está bien y qué está mal, porque le decimos a los niños de
Almendralejo que desnudaron a las niñas de su colegio que eso está mal, que si el derecho al honor, que si no tendrían que haberlo hecho… Y luego el Partido Popular te planta un vídeo en el que la presidenta del congreso sale en tanga, la otra en Colombia, los otros casi esnifando coca… ¿Quién soy yo para dar clases? Si yo soy el legislador… Esquerra Republicana propuso una red social pública y la idea está muy bien, pero ¿quién la va a gestionar si luego gobierna el PP?
Porque si la gestiona este partido, salimos todos en onlyfans y la página se llama genova69.com. El problema es la alternativa pública. Sí, tú regula, pero crea alternativas. Yo también quiero un coche eléctrico, pero si no me das dinero para comprármelo, pues voy a ir al diésel. Es una cuestión de clase. Es que es un privilegio poder decir qué guay es la IA, que me quita trabajo. Claro, a ti, cabrón, que eres un alto directivo de no sé qué banco.
Pero a la señora que le quita el trabajo, ¿qué? Todos dicen que el trabajo dignifica…Pero a mí, si me dan las horas y el dinero, hasta luego.
Como parte de uno de los brazos más importantes del estado español, y a vueltas con el panorama actual –tanto a nivel nacional como internacional–, ¿en qué situación se halla la democracia?
Pues, aunque goza de gran salud en numerosos sitios –en otros muchos está más que claro que no–, también te diría que está bajo amenaza. Y una de las mayores amenazas en la actualidad es que no controlamos la imprenta, es decir, la información y los canales por los que esta circula. Nunca hemos sido dueños de las imprentas y apenas hemos creado imprentas democráticas. Antes, el dueño de la imprenta manipulaba la información, pero es que, ahora, los dueños de las imprentas tienen miles de millones de bots…
Los titulares de nuestro país se abren desde Washington, hablamos de Estados Unidos, no de nosotros, constantemente. Y ahí es donde creo que reside el problema. La democracia es muy joven. Y es mucha la gente que no tiene muy claro cómo se juega en ella, ni entiende exactamente qué es la democracia representativa. De ahí es de donde viene luego el “todos son iguales” y “todos hacéis lo que os da la gana”, y no es así.
Si tú eliges a alguien, por tu pueblo o por donde sea, para que te representa y crees que no lo está haciendo bien, vete a ella y pídele explicaciones por lo que hace. Tenemos que seguir aprendiendo a jugar a la democracia, y estamos en el mejor momento para ello porque el poder está mucho más distribuido y está mucho más democratizado.
¿Qué ocurre? Pues que los dueños de la imprenta tienen también un poder mucho más concentrado, han creado unos servicios muy chulos y le han dado una burguer a la ciudadanía… Pero, hasta ahora, los servicios secretos y los servicios que protegen la democracia de tu país se han centrado en trabajar pensando que las amenazas vendrían de otro estado y nunca han considerado que la amenaza podría venir de los tecnólogos.
¿Qué pasa con las redes sociales? ¿No están mermando las democracias desde dentro y no son un estado? Porque no son consideradas como un estado, pero operan como un estado y tienen mucho más poder que un estado. Porque juegan con la globalización y nos dicen: “¿no queríais tanta globalización, tanto ir para aquí y para allá, tanto tenerlo todo conectado?”.
Quítale tú todo eso a la ciudadanía… Ese es el problema ahora mismo. ¿Podremos combatirlo? Yo creo que sí, pero cogiendo un kit de latas, como decía von der Leyen, no, el camino no es ese. La movida es que cuando la tecnología ha irrumpido en todos sus espectros, esa gente ha sabido verlo mucho antes que nosotros.
Es que el análisis y el modelado de datos están ahí desde hace un buen tiempo, pero nadie le ha prestado atención hasta ahora. Y el reto es sentar a tecnólogos, pensadores, humanistas y demócratas, porque hay demócratas en todas las ideologías y lo que seguramente nos separa a unos y a otros es la teoría económica.
¿Y Sáhara Occidental? ¿Qué y cómo hacer para que esta cambie?
Colectivizar. Nuestras luchas tienen que entroncar con el resto de las luchas sociales. No tenemos que hablar solo de lo nuestro, sino unirnos al resto de movilizaciones para que estas hagan suya nuestra lucha. El pueblo saharaui tiene una gran tarea por delante, y es reflexionar detenidamente sobre lo que se ha hecho hasta ahora, sobre todo el Frente Polisario, que hace una política exterior que no está a la altura de los tiempos.
Lo mejor que hemos hecho las mujeres saharauis, no los hombres, es que hemos sabido hacer una lectura de política exterior mucho mejor que ellos. Nosotras tenemos una periodista en RTVE, Ebbaba Hameida, doctora en periodismo; tenemos a la abogada Loueila Sid Ahmed Ndiaye; yo estoy en política… O sea, somos las tías las que han llegado a ocupar espacios de poder, y así tiene que ser, porque, con poder, podemos hacer transformaciones cambiar las cosas.
No espero nada de un estado colonial como España. Un estado que no reconoce su pasado colonial y no tiene memoria solo puede cambiar si ocupamos sus espacios de poder. Yo ambiciono una África soberana y panafricana, pero la solución no va a venir de aquí, ni de lejos. Ahora bien, cada vez que me den un micro, voy a recordarle a España su responsabilidad histórica. Pero, claro, en un momento político como este, en el que hay muchas crisis, y en el que los pueblos oprimidos competimos por un segundo en la televisión, yo lo que tengo que hacer es lo que estoy haciendo, decir: “oye, que yo soy valenciana, pero también soy migrante y saharaui” porque creo que es mucho más inteligente.
Yo no quiero a los fachas en el poder y por eso lo tengo que ocupar yo, porque tenemos que ocupar el poder para conseguir cosas. Tesh tiene mucho más poder y mucho más impacto que hace un año y medio. Y esto aplica para todo, para los migrantes, para los saharauis, para las mujeres, para la diversidad, etc, etc, etc.

Y volvemos a ti, ¿qué queda de la Tesh Sidi que se echó al mundo y qué le queda por hacer?
Pues, a ver, no quiero estar mucho tiempo en política institucional. A mí me agobia dejar mucho tiempo el sector privado y la ingeniería porque la agilidad mental que tengo se debe al trabajo y a la vida que he tenido. Y me veo volviendo a hacer política en el sector privado, incluso en organismos internacionales; no te sabría decir si en la siguiente legislatura o más tarde, porque en esta he aprendido muchísimo y necesitaría otra para afianzar un montón de cosas, como, por ejemplo, la transformación panafricana de la que te he hablado antes –porque los hijos de África tienen que volver a su tierra y no tiene sentido que hagamos una lucha colonial aquí, pues siempre seremos los de fuera–.
A mí me sigue moviendo la justicia, y así seguiré, luchando por ella. Igualmente, creo que hay que hacer mucha pedagogía sobre el reparto y la redistribución del poder, sobre qué es la democracia y qué es la representación democrática. Y luego tengo mucho trabajo para descolonizar a la izquierda española, que es muy blanca, muy colonial, muy racista y muy machista, algo que pasa también en numerosos sectores… Así que hay Tesh para rato.