Si el siete es un número mágico, la séptima entrega de Rizomas tenía que venir de la mano de alguien con un aura a la par de tan enigmático guarismo, alguien como Isabel Coixet, una de las mejores directoras de la historia del cine.
RIZOMAS es un proyecto de Pedro José Mariblanca Corrales, historiador, filósofo, periodista y unas cuantas cosas más… Con un claro guiño a la filosofía de Gilles Deleuze y Felix Guattari –en la que la heterogeneidad, la diferencia, las multiplicidades, el encuentro, la ruptura y las líneas de fuga son las principales armas para escapar del mundo que vivimos y construir posibles en él–, éste ha sido concebido para conversar y aprender con las personalidades más importantes de la cultura, el saber, la ciencia y la técnica.
Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2009), Premio Nacional de Cinematografía (2020) y con una trayectoria multipremiada (destacando en ella sus ocho Goyas), esta poderosa creadora es una de las mentes más interesantes de la actualidad. Con ustedes, Isabel Coixet.
¿Qué es el cine para ti?
Es mi manera de estar en el mundo, algo que no puedo decir que viniera conmigo de fábrica, pero lo cierto es que veo el mundo como si llevara en los ojos una cámara con la que voy encuadrando las cosas. Mis padres me llevaban muchísimo al cine, y mi generación es la generación de la programación doble que iba con el bocata al cine. Para mí era algo más que eso. Recuerdo muchas secuencias de mi vida, mi infancia y mi adolescencia como si fueran trozos de una película que yo ya no sé si fueron así, si los veía y los ponía en escena de esa forma o si los he reconstruido de esa manera en mi cabeza.
¿Cómo, cuándo, por qué y para qué te adentras en él?
Era un sentimiento que tenía muy claro. Me gustaba mucho escribir, no me gustaba nada dibujar, lo odiaba, y, sin embargo, me encantaba hacer fotos. De pequeña, me regalaron una súper 8 de segunda mano –que le había comprado mi padre a un compañero de la fábrica en la que trabajaba– y una camarita Kodak. Y a mí lo que me gustaba era ver las cosas a través de ese cuadrado. De alguna manera, yo pensaba que el cine que me montaba en la cabeza ya era cine, una posición muy inocente, por supuesto y, sin embargo, así ha sido. Muchas veces minusvaloramos la inocencia, pero muchas veces también esta nos lleva a hacer cosas que no son tan inocentes.
Licenciada en Historia y publicista, ¿qué influencia tienen ambas disciplinas en tu carrera?
Pertenezco a una generación en la que, para ir a una escuela de cine, tenías que marchar al extranjero, porque en España no había. Entonces, irse a estudiar fuera era impensable, e imposible, porque no había con qué, si bien yo tenía esa idea de que haría cine. Y, bueno, estudié historia porque me interesaba estudiarla, y me interesa mucho, pues me parece que es saber dónde estamos y qué pasó con los que estuvieron antes que nosotros, que es básico.
Con respecto a la publicidad, cuidado. Porque hay periodistas que ven que trabajé en publicidad y ya sacan conclusiones de donde no hay. A ver, yo trabajé en publicidad porque me tenía que ganar la vida. Me ofrecieron un curro en una agencia, lo acepté, sin tener ni idea de qué era la publicidad, salvo que trabaja con cosas que hay que vender.
¿Me gustaba la idea? No. ¿El sueldo? Sí. Es verdad que, gracias a la publicidad, de repente estuve en un millón de rodajes, con gente cojonuda de la que aprendí mogollón, los mejores directores de fotografía del mundo, gente muy talentosa, etc. Y aprendí, claro.
Actualmente, es un mundo prácticamente acabado, por mucho que haga y alimente su mito para sobrevivir. Además, ya el hecho de que esté al servicio de una marca, la invalida. Yo era muy consciente de esto, y no me engañaba. Sabía que no era para mí, pero bueno, me enseñó cosas, porque, cuando eres realizador de publicidad, tienes que navegar entre la visión de lo que quieres hacer, una agencia que también quiere tener su impronta y un cliente que quiere lo que quiere, que es vender un tema.
Y tú estás ahí, en medio. En ese sentido, sí que aprendí con ella, porque aprendí, como las anguilas, a navegar por ahí. No obstante, ahora no haría publicidad.
Por ahí iban los tiros, por su influencia en tu forma de hacer cine.
Aprendí algo fundamental, que sí que me ha ayudado sobremanera a la hora de hacer películas. Y es no tenerle miedo a la cámara. Esa comunión con la cámara, que además hace que yo sea la operadora de mis películas, me ha ayudado muchísimo, sobre todo porque hay algo que, además, es muy básico: cuando tú estás detrás de la cámara y tienes a un actor a treinta centímetros, tú ves lo que está pasando. Un director que está en el combo, seguro que ve mogollón de cosas, pero cuando estás con el diálogo, la cámara y el actor… Esa cercanía me ha permitido ayudar a mis actores muchísimo, y creo que la mayoría de los actores que han trabajado conmigo lo han valorado.
Ahora mismo se está hablando de cosas que han pasado en un plató, en un estudio, durante un rodaje, cosas que un director no ha visto. Si estás en el combo, lo ves, pero creo que ahí hay algo que sería interesante enseñar en las escuelas de cine. Somos muy pocos los directores que encuadramos. Ahora mismo, y desde hace años, Steven Soderbergh, que es un gran defensor de que el director sea el operador de sus películas, yo y poco más… Muchos directores piensan que estar en la silla, en el combo, les da un control. Para mí es todo lo contrario. Yo quiero estar donde pasan las cosas. Cuando hay un plano de una grúa, me pongo muy nerviosa, porque me pierdo; controlas la situación, pero, claro, no estás donde está la cámara, y a mí me gusta estar donde pasan las cosas.
Tras tu ópera prima, viene tu segunda primera película, con la que arranca verdaderamente tu carrera. ¿Cómo fue el proceso? ¿Qué hiciste entre ambas?
Pues llorar mucho. Fue un aprendizaje de vida, más que de técnica, porque de técnica ya sabía bastante, la verdad. A ver, bastante… nunca sabes bastante, aunque sí suficiente como para contar cosas con imágenes. Pero, sobre todo, fue un aprendizaje sobre qué quería contar y dónde me sentía capaz de hacerlo –porque quería y podía hacerlo–, pues el cómo, creo, lo tenía bastante claro. Quería jugar a ser directora de cine, porque no hay que olvidar que el rodaje de una película, ya lo dijo Orson Wells, y muchos otros, es el juguete máximo. Pues tú, durante unas semanas, y luego, durante una hora y media, eres el hacedor, el demiurgo de algo que, al final, es un espejismo, lo cual es muy bonito.
He tenido subidones con muchas cosas en mi vida, lisérgicas y no lisérgicas, pero el subidón que te da de repente rodar un plano que es mil veces mejor de lo que tú tenías en la cabeza… eso es un subidón que es muy difícil de contar. Y eso es algo que intento transmitir siempre también, porque no se habla de ello. Cuando los directores participan en una conferencia, una clase, etc. suelen hablar del tema de sus películas, de los sentimientos de sus personajes, de lo que han querido contar, pero no hablan de algo que es la materia y el fin que les ha permitido contar eso, cuando la cámara, la luz, el actor, lo que dice, cómo está… todo se une en una especie de perfección que es un subidón.
¿Qué te llevó a empezar dirigir más allá de tus lenguas maternas?
A mí es que me parecía normal. Hay cosas que a mucha gente no le parecen normales, pero a mí sí. A mí me parecía normal, de repente, hacer lo que hice: irme por ahí, con mi espíritu aventurero, que no tiene nada que ver con el cálculo, pues creo que soy muy poco calculadora –aunque la vida me hubiese ido algo mejor si lo fuera–. Y es que, para mí, el hecho de contar historias fuera no era tan diferente de contarlas en mi barrio, de verdad. La vida me fue llevando, era una época en la que estaba currando en Estados Unidos, y me dio por escribir un guion que pasaba allí –porque eran mis amigos, la gente que conocía, mis historias, los viajes que hacía–. No hay mucha más explicación. Vivía allí y me empeñé en hacerla allí. Para mí era normal. Sé que para mucha gente no lo es, pero para mí sí, incluso ahora.
Ahora estoy en Francia rodando una serie en francés –y escrita en francés–. Estudié un año aquí, mi último año de historia lo hice en la Sorbona, y hablo en francés con mis amigos franceses, aunque hacía mucho tiempo que no escribía en francés… Pero es que yo me siento bien detrás de la cámara, sea aquí, en Estados Unidos, en Inglaterra, en Canadá, en Japón… Mi última película, Un Amor, la rodamos en La Rioja, donde me sentí estupendamente también. Me siento igual en una aldea de La Rioja que en Tokio. Y aunque puede parecer que voy de cosmopolita, y muy raro, es verdad. Pero cuidado, que también me puedo sentir mal en mi barrio y en la Conchinchina.
He trabajado con equipos de todo tipo, me he entendido y no me he entendido con gente de todo tipo. No te puedo decir que me sienta mejor en un sitio que en otro, no. Y soy consciente de que esto de trabajar en cincuenta mil sitios de todo el mundo hace que, de alguna manera, se difumine tu esfuerzo y tu obra, que la gente no sepa cómo clasificarte y que seas un ser aparte, algo que a mí me viene bien.
Para mí, la identidad no va por ahí. La identidad está construida de muchas maneras y mi identidad nunca va a circunscribirse a “he nacido aquí”, “hago películas de aquí”, “he nacido aquí, pero hago que soy americana”. Yo soy yo en cualquier sitio. A veces es verdad que me gustaría darme unas vacaciones de mí misma, pero la realidad es que tanto yo como los diez del equipo que trabajaron conmigo en Tokio estábamos allí tan a gusto y lo pasamos muy bien. Y en el rodaje de La Rioja igual. A Noruega, por ejemplo, no vuelvo, el mundo nórdico no es para mí, pero con no volver pues ya está, aunque Finlandia me gusta, y tengo allí una asignatura pendiente.
Grabas en numerosos espacios-tiempos y le das una gran importancia a cada uno de ellos. ¿De dónde nace esa forma de proceder?
A lo mejor se debe a esta cosa de jugar, y a la magia del cine, que te permite –como el teatro o la ópera– escribir donde estés sobre algo que pasa en la otra punta del mundo en 1872, por ejemplo. Poder trascender épocas, países, civilizaciones, culturas, etc. es mágico, y eso es lo que me engancha del cine. He jugado a ser librera en la Inglaterra de 1959, he jugado a ser maestra en Galicia en 1901, a ser una exploradora en 1890… Es algo que a mí me sigue pareciendo la fascinación máxima.
Ahora mismo estoy rodando una serie en París, que sucede hoy mismo, y es la historia de dos chicas y un chico que comparten un piso. Tú dirás: ¿qué hace una directora española dirigiendo una serie en francés? Te juro que no sé por qué, pero, de repente, tuve esta idea, un productor de aquí al que le gustó mucho la serie Food Love me preguntó si tenía algo en mente para hacer una serie que sucediera en Francia y le dije que sí.
Porque siempre había querido hacer algo sobre la relación entre Nick Drake y Françoise Hardy en los 70, que no fue una relación, aunque François quería que él escribiera canciones para ella, pero él era un genio con muchos problemas de relación y mentales, y nunca lo consiguió, y murió a los veintisiete años. Y, de repente, a raíz de ahí, empecé a figurar y a fantasear, y aquí estoy, rodando la serie.
No es mi mundo, no soy yo, porque los protagonistas tienen veinticinco años y, sin embargo, aunque me daba mucho miedo hacer algo así –porque no tengo veinticinco años ni he vivido en el París de hoy, en un piso compartido–, sé que la peripecia de estos chicos suena bien porque lo he hablado con mucha gente de esa edad, les he preguntado si es real, si podría ocurrir, si es creíble… y oye, pues suena muy bien.
Soy una aventurera, sin perro, sin trineo, sin abrigos de piel, pero yo me aventuro y me lanzo a la piscina, siempre. A veces, la piscina está medio llena, otras veces está vacía, y hay ocasiones en las que está llena, lo cual es estupendo. Pero yo me lanzo. Hay que saltar. Total, ¿qué te puede pasar? ¿Te puedes pegar un porracillo? Buenoooo.
¿Cómo haces para escoger cada localización? ¿Tienes predilección por alguna?
Hay veces que conozco bien los sitios en los que trabajo y grabo las localizaciones que quiero que salgan en mis películas. Otras no. Pero la idea, siempre, es grabar en el entorno en el que se desenvuelve la vida de los personajes que protagonizan mis obras, que también es una forma de enseñar cómo son estos y su contexto.
La heterodoxia es una de tus más destacadas cualidades ¿Cómo es lidiar con la dirección y la producción de tus películas moviéndote a contracorriente?
Al principio, cuando nadie ha visto lo que has hecho, es más difícil. Pero, en líneas generales, la gente me sigue y confía en mí. Luego, respecto al público, tengo espectadores muy fieles, la verdad, gente que me sigue desde el principio y que, de alguna manera, va sorteando la montaña rusa de temas que propongo y me habla, me cuestiona y se emociona con lo que hago. En ese sentido soy una persona afortunada, pues voy a cualquier parte del mundo y siempre hay alguien a quien le toca lo que hago –unas cosas más que otras, normal–, lo cual es estupendo, porque eso es algo que me dice que la gente se adapta a lo que hago sin encasillarse.
Tratas con suma delicadeza todas las cuestiones sobre las que trabajas. ¿Cómo abordas su escritura?
Desde niña, estoy bastante obsesionada con la muerte, para qué nos vamos a engañar. Una de las cosas que más me obsesionan y que seguramente toque en otra película es ese momento en el que te dicen “le quedan tres meses”. ¿Qué haces? Esa pregunta me la he planteado desde antes de la adolescencia. ¿Qué quiero decir con esto? Que mi forma de abordar los temas que trato en mis trabajos está, evidentemente, determinada por mi forma de ser.
No soy una persona de entusiasmo visible, una persona que va por ahí repartiendo consejos o abrazos. No me gusta la exteriorización excesiva de los sentimientos –ni los gritos– y eso se refleja en mi forma de tratar los temas que abordo y de hacer lo que hago.
Me gustan los conflictos que están solapados, los conflictos que ocurren en silencio, y eso se ve en mis películas, en los actores que elijo, en la manera de tratar dichos conflictos, en el hecho de que, por ejemplo, en medio de un drama tremendo haya algo casi gracioso, y en la búsqueda de los momentos de ligereza y los momentos más heavies de la vida.
Como la guerra.
La Guerra de los Balcanes fue un período de mi vida en el que seguía obsesivamente todo lo que ocurría. Fue algo que me marcó muchísimo, como al resto de mi generación, en la que había gente pasaba del tema (porque era demasiado) y otra mucha, como yo, que estaba obsesionada con ello. Entonces, ver cómo la gente –personas que habían sido vecinas, que habían asistido a las celebraciones de los de enfrente– se pone a cortarse el cuello cuando estalla la guerra… Para mí, eso fue… Y sigue siendo algo que me toca, pues, cada vez que ocurre algo así –como en Bosnia, en Serbia, etc–, me salta.
El conflicto fue allí mismo y ver, delante de tus narices, cómo todo puede cambiar en un segundo me marcó muchísimo. Salíamos llorando cada día de grabación. Es más, durante el rodaje, hubo gente del equipo que se puso enfermísima, por todo lo que teníamos que ver y escuchar cada día. Y luego estaba todo lo que planteaba aquello, porque estábamos allí, pero, a la vez, estábamos viéndolo y escuchándolo desde fuera, y quien lo vivía de verdad era la gente de allí, algo que te rondaba la cabeza.
No sabías qué sentir, porque habías sentido tantas cosas y tanta impotencia que era difícil llegar al final de cada día de rodaje. Y con el montaje igual. Por eso, ya en Barcelona, después del montaje del documental, me acuerdo de pensar que no quería volver a hablar de algo así.
Y, sin embargo, el personaje de Hanna, la protagonista de La vida secreta de las palabras, nace de ahí, existió. Yo había empezado a escribir un guion que pasaba en una plataforma petrolífera, porque había hecho una historia para Shell en una, que me impresionó. Y, aunque a priori no quería escribir nada sobre los Balcanes, fue un personaje que se fue imponiendo. Siempre recuerdo haber escrito ese guion como en trance, como si no lo hubiera escrito yo.
¿Cuál es tu ritual a la hora de empezar a diseñar tus trabajos? ¿Cómo buscas ese trance?
De entrada, yo quiero alcanzar el trance desde el principio, y hago todo lo posible para no tener que escribir. Porque, claro, después de escribir hay que rodar, y es mucho trabajo. ¿Rituales? Muchas cafeteras, mucho bajar a por un café. Todo se basa en la historia que quieres escribir y las ganas de escribirla. Y si tienes un plazo, mejor que mejor, porque eso ayuda mucho.
¿Participas en todo cuanto gira en torno a ellos? ¿Delegas? ¿En qué delegas?
Delego poco y delego en poca gente. Mi mejor experiencia escribiendo algo con alguien ha sido junto a Laura Ferreiro, que, además, es una persona a la que quiero, y hemos trabajado bien juntas, nos entendemos muy bien y creo que es muy buena guionista. Me ha ayudado mucho, confío plenamente en ella y creo que va a hacer grandes cosas.
En equipo, el control está en controlar, pero también en dejarme controlar, en saber cuándo es mejor que los actores hagan lo que saben hacer y dejarles. Yo no soy la directora que va a decirles “pon la mano aquí, luego tú le miras, baja los ojos y le dices así…”. Me horroriza y por eso elijo actores que son muy buenos, actores que cuanta más cancha les des, mejor. Eso es algo que he aprendido con los años, que muchas veces controlar es dejar existir.
¿Ha superado la realidad a la ficción? Porque muchas parece que la ficción no puede representarla.
Para mí, la expresión máxima de cómo ficción y realidad se dan la mano es la siguiente: tú vas al Prado, a la sala en la que se encuentra El Jardín de las Delicias del Bosco, y ahí está todo, la mezquindad, la ruindad, la avaricia, el amor, la ternura, los celos, el mal, las ganas de exterminar, el dolor, todo, todo está allí. Ya podemos inventar cosas, pero la realidad es la que es.
Evidentemente, cada época tiene sus estilos del mal. Piensa en la Guerra de los Cien Años, que era una carnicería día tras día. Pero el problema es que nada es demasiado original. Trump no es original, el miedo a los cambios no es original, las reacciones a los cambios no son originales. Todavía es sorprendente que los destellos de belleza puedan ser originales, pero el mal no lo es, nunca.
Junto a todos los conflictos que están hirviendo en el mundo ahora mismo, yo incluiría también el Caso Pellicot. Porque cuando lees sobre ello y te preguntas si es posible, ves que sí, que lo es. Cambia el estilo, pero la historia cuenta con más Dominiques Pellicot y ha tenido hombres que han ofrecido a sus mujeres a ejércitos enteros. El estilo es diferente, las drogas son diferentes, pero esto ha ocurrido.
Las niñas de ocho años a las que casan en Yemen, siguen haciéndolo desde hace dos mil años. Lo que es sorprendente es que no hayamos podido parar esto, que perviva. ¿Qué hace que el ser humano permita que esto siga ocurriendo y que una religión considere que el pelo de una mujer es el culpable de que un hombre se vuelva loco? Nos lo podrán contar de todas las maneras posibles, nos hablarán de la tradición, etc., pero no lo voy a entender nunca.
Por ende, ¿se puede aún hacer ficción o deberíamos esforzarnos en representar la realidad lo mejor posible?
Puede que una de las características más destacadas de nuestra época es que los límites entre la realidad y la ficción son cada vez más difusos. Qué creer, qué saber, a quién creer… Es muy difícil. A veces no es tan difícil, pero hay una especie de polvo suspendido en el aire que hace que no podamos ver, un polvo que hemos creado nosotros, una sustancia pegajosa muy jodida.
¿Sobre qué te gustaría escribir, pero no terminas de atreverte a meterle mano?
Muchas cosas, muchísimas, que no sé cómo contar. Me he planteado muchas veces abordar los últimos años de la historia de este país y no sé cómo hacerlo, quizás no es lo mío y haya otras personas que están mucho más capacitadas que yo para hacerlo, porque lo he intentado y no me ha salido. El problema es que me interesan muchísimas cosas, cosas que me gustaría contar, pero no sé si me queda mucho tiempo o muchos disparos por hacer, ya veré.
Cortos, películas, documentales, series, exposiciones, literatura, ensayo, radio… Haces de todo.
¡Tampoco hago tantas cosas, tampoco haga tantas cosas! Unas poquitas nada más. Soy una hormiga soldado, básicamente vaga, pero que, como sabe que es vaga, hace muchas cosas para autoconvencerse de que no lo es. Mi animal espiritual es el perezoso y por eso, para combatirlo, hago cosas.
¿Con qué te sientes mejor?
Pues el collage, que llevo años haciéndolo, es una de ellas. Me gusta mucho, me divierto mucho con él y, sobre todo, no pienso cuando lo hago, lo cual es muy importante, porque es un trabajo puramente artesanal, de una mezcla que se produce en tu cabeza y que la expresas, pero sin plantearte cosas, sin plantearte el relato de los cojones, simplemente lo haces.
Pero bueno, yo me siento bien haciendo muchas cosas diferentes. También me gustan cosas estúpidas, como cantar en el karaoke o ir a ver las ofertas de estas cosas exóticas que tienen en los supermercados, que son tóxicas, pero que tienen algo ahí que me tira mucho. También soy muy feliz haciendo catas de champagne, me lo paso bien en la alberca, rodando a un cerdito por ahí perdido en las calles… Me gustan muchas cosas. Así soy yo.
¿En qué te gustaría introducirte?
Cosas nuevas, pocas. No, no, no, yo ya no estoy para novedades. Pero bueno, uno de los actores de la serie que estoy grabando, Théo Christine, es muy bueno haciendo surf y ha prometido que va a enseñarme con olas pequeñitas, lo cual me tiene bastante emocionada porque una vez, en México, hice un surfcamp de esos y mi mayor éxito fue ponerme de rodillas en la tabla, así que si un día pudiera ponerme de pie, sería… oh. Pero no sé yo, no sé yo.
Firme defensora del feminismo, las mujeres son las grandes protagonistas de tu obra. ¿Cuánto queda por decir y descubrir sobre ellas?
A mí lo de decir y descubrir… Yo lo único que quiero es que se acabe el apartheid de género, quiero sentir que no somos ciudadanos de segunda. Que las mujeres puedan hablar con sus amigas, vestirse como quieran, que sean seres autónomos, que no estén enterradas en vida, que puedan reír, cantar, conducir, lo que quieran, ponerse en bragas en la calle, lo que les dé la gana sin que haya problema alguno. Esto es lo único, lo que más me angustia. Y es algo que no veo que se vaya a dar si no somos conscientes de este apartheid de género que está ocurriendo en muchos países…
Y habrá quien diga: “no, mira, fíjate que aquí no es así”. Sí, sí, cojonudo, estupendo, pero mientras haya una mujer en el mundo que esté, simplemente por el hecho de ser mujer, por debajo de un hombre y tenga menos derechos que él… Esto es lo que más me importa, sinceramente. Evidentemente, está Yemen, Gaza, Ucrania, el avance de la ultraderecha en el mundo, el planeta que arde, pero, para mí, si tengo que escoger una causa, desde luego, escojo esa.
¿Crees que las mujeres están ocupando actualmente el lugar que les corresponde en la historia o es sólo un espejismo del primer mundo?
Sí, pero, claro, ¿qué hacemos? ¿Cómo hacemos? ¿Seguimos dialogando con los gobiernos de Afganistán e Irán como si fueran gobiernos normales que hacen lo que hacen? ¿Seguimos considerándolos interlocutores válidos? Si legitimamos gobiernos que mantienen el statu quo de inferioridad tácita para las mujeres ¿cómo cambiamos esto?
Son muchas cosas, y hablo de lo que se puede hacer desde aquí, sobre cómo seguir y no amargarte la vida con todo esto, teniéndolo presente. Y este es nuestro egoísta conflicto occidental. Yo hago muchas películas sobre mujeres y escribo sobre los trabajos de otras mujeres y sobre cuestiones que conciernen a las mujeres, pero, ¿cuál es el siguiente paso? Y esto también es un malestar cotidiano del primer mundo.
¿Cómo seguir tu vida sin amargarte? ¿Cómo hacer activismo sin que este se quede en la foto de “yo apoyo a”? Porque esto también me da una vergüenza horrible. Yo apoyo a… ¿Y? ¿Qué es lo siguiente? Te quedas siempre con el gusanillo de que hay que hacer algo más, lo cual te crea un malestar muy feo, entre la impotencia y la cara de gilipollas que se te queda.
¿Qué queda de la Isabel Coixet que empezó a escribir y a dirigir?
Pues queda una curiosidad inagotable y un poquito malsana y enferma. Creo que quedan muchas cosas. Y es curioso porque, de cuando en cuando, me pongo a pensar que, bueno, tengo una edad, que ya no sé qué… Y luego, a los cinco minutos, me pasa algo que me devuelve a los siete años. Y, claro, cuando cumples años, todas las personas que has sido están ahí, en ti, como si tu cabeza fuera el camarote de los Hermanos Marx, con la niña de siete años, la persona de treinta, la tía de cuarenta, la de sesenta y una adolescente de doce que da por culo todo el rato. Así imagino mi cabeza, con todas ellas y unas cuantas más que van entrando.
¿Y el camino cómo ha sido?
Pues una montaña rusa como la de Coney Island, que tú ves que está hecha de madera, que parece que te vas a caer y que es muy peligrosa, pero montas. Así.
¿Qué le queda a Isabel Coixet por hacer?
Ya te he dicho lo del surf, y conseguir cantar bien, afinando, La Gata bajo la lluvia, para lo que entreno todos los días.
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