La culpabilidad me llega de pronto. Aparece cuando, casi por accidente, tropiezo con la vida y la obra de una mujer que llevaba décadas ahí, esperando a que alguien reparara en ella.
Una de esas mujeres que hicieron cosas extraordinarias sin que nadie pareciera tener demasiada prisa por llamarlas extraordinarias. Se llamaba Piedad Isla y compró fiada su primera cámara.
Con eso, y con una determinación que probablemente no necesitó anunciar a nadie, se dedicó a retratar el pulso de la Montaña Palentina durante décadas.
Una tierra dura, fría, humilde, acostumbrada a la aspereza del invierno y a esa forma silenciosa de la dignidad que tienen las personas que han trabajado toda su vida sin esperar que nadie las mire demasiado. Piedad las miró y las dignificó.
Hay algo profundamente hermoso en pensar que, mientras la España oficial se empeñaba en construir sus relatos, ella recorría los pueblos, se detenía ante las vidas pequeñas y hacía algo mucho más importante de lo que quizá ella misma imaginaba: dejar constancia de que aquellas vidas también merecían ser contadas.
Nació en Cervera de Pisuerga, en 1926. De joven, cuando la fotografía todavía parecía un territorio reservado a los hombres, decidió que quería dedicarse a ella. En 1953 abrió su propio estudio fotográfico en los soportales de la plaza de su pueblo.
Tenía una cámara Retina de segunda mano, una vocación y una comarca entera por descubrir. No necesitaba mucho más, aunque seguramente el camino no se lo puso fácil.
Piedad se subía a su Vespa y recorría las carreteras de la montaña para fotografiar bodas, bautizos, comuniones, retratos familiares y fotografías de carnet. También acudía a los velorios. Allí donde había una vida que celebrar, una familia que recordar o una muerte que despedir, ella estaba dispuesta a llegar.
Me conmueve imaginarla atravesando aquellas carreteras, con el frío pegándosele al cuerpo y la cámara a cuestas, camino de un pueblo donde alguien la esperaba. Porque Piedad llevaba fotos pero sobretodo llevaba luz.
También, a dejar una prueba de que aquellas personas habían estado allí, de que sus historias tenían un rostro, de que su existencia no era menos importante por transcurrir lejos de las ciudades y de los lugares donde se escribía la historia.
Sus retratos no parecen pertenecer a un mundo ajeno. No hay en ellos esa distancia con la que, tantas veces, se ha representado la pobreza desde la comodidad de quien la observa.
Piedad formaba parte de ese paisaje humano. Conocía sus códigos, sus costumbres, sus silencios. Sabía que detrás de cada rostro había una biografía y que detrás de cada gesto se escondía una forma de resistir.
Quizá por eso sus fotografías tienen algo que va más allá del documento. No se limitan a enseñarnos cómo vestían, cómo trabajaban o cómo celebraban los habitantes de la montaña. Nos devuelven algo más difícil de conseguir: la sensación de haber estado allí.
Cada fotografía, cada retrato, cada imagen parece una prolongación de su propia persona. Como si, al apretar el disparador, Piedad también se estuviera retratando a sí misma. En la mirada de quienes posaban para ella hay algo de su manera de entender el mundo: una curiosidad inmensa, una cercanía sin condescendencia y un respeto que no necesita ponerse solemne.
Piedad también fue corresponsal de prensa para la Agencia EFE, El Norte de Castilla y El Diario Palentino. Sus imágenes circularon por los periódicos, pero una parte fundamental de su trabajo quedó guardada en su archivo, a la espera de otra época y de otros ojos.
Durante décadas, la mujer que había documentado la vida de toda una comarca no ocupó el lugar que merecía en la historia de la fotografía española. Y aquí es donde vuelve esa culpabilidad del principio.
¿Por qué llegamos tan tarde a ciertas mujeres? ¿Cuántas veces hemos mirado el mundo a través de un relato incompleto porque nadie se molestó en buscar detrás de los nombres que sí aprendimos? ¿Cuántas creadoras han tenido que esperar a que alguien vuelva sobre sus pasos para que su trabajo deje de parecer una anécdota y empiece a reconocerse como lo que siempre fue?
Además de fotógrafa, fue etnógrafa y dedicó parte de su vida a reunir objetos, herramientas, ropas y testimonios de una cultura rural que empezaba a desaparecer bajo el empuje del éxodo hacia las ciudades. Junto a su marido, Juan Torres, impulsó la creación de un museo etnográfico en Cervera de Pisuerga.
Entendió que la memoria no estaba hecha únicamente de grandes acontecimientos, sino también de las cosas que alguien guarda en un cajón, de los utensilios con los que se ha ganado el pan, de las prendas heredadas y de las costumbres que parecen eternas hasta que un día dejan de existir.
Su archivo fotográfico, con más de 130.000 documentos, es hoy una memoria extraordinaria de aquel mundo. Un inventario de rostros y paisajes, pero también una manera de devolverle a la gente corriente el protagonismo que tantas veces se le ha negado.
Pienso en esas mujeres que aparecen en sus fotografías, en sus manos, en sus vestidos oscuros, en sus expresiones serias. Pienso en los hombres que trabajaban la tierra, en los niños que miraban a cámara, en las familias que se reunían para conservar una imagen de sí mismas. Y me pregunto cuántos de ellos sabrían que, al posar ante Piedad, estaban dejando algo más que una fotografía para sus descendientes. Estaban dejando un testimonio de su tiempo.
Tal vez no existe una forma más honesta de hacer cultura que esa: prestar atención a lo que está a punto de desaparecer sin convertirlo en algo pintoresco, sin embellecer la dureza ni disfrazar la pobreza. Mirar a las personas de frente. Reconocerlas.
Piedad Isla murió en Madrid en 2009, pero su trabajo sigue hablando desde la montaña a la que dedicó su vida. Hoy, cuando sus fotografías vuelven a exponerse, estudiarse y descubrirse, una parte de la historia de la fotografía española empieza, por fin, a ponerse al día con ella.
Y yo sigo pensando en esa mujer sobre su Vespa, atravesando el frío, llegando a lugares donde la luz escaseaba y preparando la cámara frente a personas que quizá nunca habían pensado que alguien pudiera considerar sus vidas dignas de ser fotografiadas. Qué manera tan hermosa de estar en el mundo.
A veces creemos que la historia la hacen quienes ocupan los grandes espacios, quienes tienen voz, quienes consiguen que sus nombres permanezcan. Pero también la hacen quienes recorren carreteras secundarias, quienes se detienen ante una vida anónima y quienes comprenden que la memoria empieza precisamente ahí: en el momento en que alguien decide que nadie debería desaparecer del todo.
Piedad Isla hizo eso. Fotografió una tierra, sí. Pero también fotografió a quienes la habitaban, a quienes la sostenían y a quienes, sin saberlo, estaban despidiéndose de una forma de vivir.
Y quizá por eso su obra nos interpela todavía. Porque al mirarla no solo descubrimos la España que fuimos. Descubrimos también todo lo que hemos tardado en mirar a quienes la contaron.
Museo Etnográfico Piedad Isla: Web
