Maruja Mallo supo pintar el futuro. En los años veinte y treinta, cuando las mujeres apenas podían alzar la voz, ella lo transformó en color, geometría y movimiento.
Mientras el mundo se rendía a las convenciones, Maruja Mallo pintaba lo invisible: la energía, la modernidad, la libertad.
Fue una de Las Sinsombrero, aquellas mujeres que se quitaron el sombrero, literal y simbólicamente, para pensar con la cabeza descubierta.
Amiga de Lorca, Dalí o Alberti, pero nunca sombra de ninguno. Su obra desbordaba modernidad, surrealismo y una mirada científica y vital que rompía con la pintura academicista de su tiempo.
Maruja Mallo fue una mujer adelantada a su mundo porque se atrevió a imaginar otro: uno donde la belleza convivía con la rebeldía, donde el arte era también una forma de emancipación.
Maruja abrió los ojos al mundo en Vivero, Lugo, en 1902, pero parecía venir de otro siglo, de otro planeta, de otra temperatura.
Mallo no encajaba; mientras las demás aprendían a bordar, ella aprendía a mirar. En Madrid estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se cruzó con Dalí, Lorca y Margarita Manso. Juntos hicieron de la juventud un manifiesto y del arte, una provocación.
Una mañana, en la Puerta del Sol, Maruja y sus amigas se quitaron el sombrero. El gesto era simple, pero en aquella España valía una revolución. Así nacieron Las Sinsombrero: mujeres que decidieron pensar con la cabeza al aire.
Fue pintora, surrealista, científica del color. En los años treinta, su obra vibraba entre lo popular y lo cósmico: La Verbena, Arquitecturas minerales, Sorpresa del trigo.
Maruja Mallo. Máscara y compás, en el Museo Reina Sofía (del 8 de octubre de 2025 al 16 de marzo de 2026), redescubre a una de las artistas más rompedoras de la Generación del 27.
La muestra recorre su universo entre lo popular y lo surreal, con más de 150 obras que revelan su mirada moderna, libre y rebelde. “Máscara” y “compás” simbolizan su equilibrio entre fantasía y razón, emoción y geometría, en una exposición que celebra el poder transformador del arte y de la mujer creadora.
Todo movimiento, ritmo, energía. Parecía escuchar la vida como si fuera música.
Durante la Guerra Civil se exilió en Argentina, donde siguió pintando y enseñando, mientras su país se olvidaba de ella. Décadas después, regresó a una España gris, aún con la frente despeinada y los ojos llenos de futuro.
Maruja Mallo fue una mujer que llegó antes que el tiempo, que mezcló la ciencia y el instinto, el caos y la belleza.
Pintó la velocidad cuando el mundo aún estaba quieto.
Y vivió, siempre, con el alma al aire, sin rejas, sin límites, sin sombrero.
